Reinauguran el Cristo de La Habana. (#Cuba #Miami #DDHH)

Por Ciro Bianchi

El Cristo de La Habana, obra monumental de la escultora Jilma Madera que se erige en la loma de la Cabaña, fue reinaugurado, tras un arduo proceso de restauración, en una ceremonia solemne que contó con la presencia del cardenal Jaime Ortega, Arzobispo de La Habana, y Gladis Collazo, presidenta del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural.

La pieza, dijo el ingeniero Carlos Bauta, restaurador principal, había sido afectada, en el transcurso de los años, por varias descargas eléctricas producidas por rayos, y también por filtraciones. Para subsanar los problemas, precisó Bauta, se utilizaron los materiales más nobles existentes y se trabajó para que el resultado fuera lo más fiel posible al original. Se trató de una labor, puntualizó la Presidenta del Consejo Nacional de Patrimonio, que le devolvió la majestuosidad y el esplendor al Cristo.

El cardenal Ortega bendijo la escultura y expresó que con ella se abre una nueva imagen en el camino que se renueva en muchos sentidos en nuestra patria.

Se hallaban presentes en el acto monseñor Bruno Mussaró, Nuncio Apostólico en La Habana, ejecutivos del complejo de museos histórico-militares, intelectuales destacados y varias autoridades eclesiásticas.

Al Cristo de La Habana, obra de la pinareña Jilma Madera, lo matiza la anécdota.  Cuando el 13 de marzo de 1957, en horas de la tarde, un grupo de jóvenes  revolucionarios atacó el Palacio Presidencial con la intención de ajusticiar al dictador Fulgencio Batista, la Primera Dama de la República prometió que si su esposo escapaba con vida mandaría a erigir una imagen de Cristo que pudiese ser vista desde cualquier rincón de la ciudad. La escultura en cuestión se inauguró el 25 de diciembre de 1958, a una semana escasa de la fuga del dictador y del triunfo de la Revolución.  Esa ceremonia debe haber sido el último acto público en que participó Batista.

Cuando la escultora Jilma Madera recibió la encomienda de acometerla –y aquí viene lo cómico- utilizó de modelo a su amante de aquellos días. Es muy varonil la apariencia de este Cristo, con los brazos musculosos, las manos fuertes, la mirada desafiante, el mentón activo, los labios sensuales. Un Cristo cubanísimo, en todo caso, que mira a la ciudad desde el otro lado de la bahía, con la mano izquierda sobre el pecho y la otra en actitud de bendecir.

Se trata de una escultura colosal de 20 metros de alto y colocada sobre un pedestal de tres. Tiene un peso total de 320 toneladas y en su confección se emplearon 67 piezas de mármol.  Como se emplazó en una colina entre la fortaleza de San Carlos de la Cabaña y el área del Observatorio Nacional, actual  Instituto de Meteorología, alcanza una altura total de 79 metros sobre el nivel del mar, lo que la hace visible desde muchos sitios de la capital. Por su ubicación, recibe y despide a todas las embarcaciones que entran y salen de la rada habanera. Esculpida en mármol de Carrara, se le considera la más alta y una de las de más volumen, en su tipo, en Cuba y el Caribe y, sin duda, la mayor que ha salido de las manos de una mujer para ser exhibida al aire libre.

Jilma Madera cursó estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Alejandro, en La Habana, y fue alumna allí del famoso escultor Juan José Sicre, el creador de la imagen de José Martí que se alza en  la Plaza de la Revolución. Aunque se sintió siempre muy orgullosa de esa pieza, nunca fue remisa a confesar que su obra más emotiva es la del busto de Martí que, por iniciativa de Celia Sánchez, heroína de la Sierra Maestra y colaboradora cercana de Fidel, se colocó, a comienzos de los años 50, en la cima del Pico Turquino, la montaña más alta de Cuba. Poco antes de morir en La Habana, ya con más de 80 años, Jilma Madera expuso  sus esculturas en pequeño formato, en la que había trabajado en silencio y  que maravillaron al público y a la crítica.

Hoy, a 54 años de su inauguración, el Cristo de La Habana, obra de Jilma Madera, sigue ahí. Los habaneros hicieron de la explanada donde está emplazado un sitio de preferencia para la intimidad y la distracción en tardes y noches movidas por la brisa que llega desde el mar cercano, mientras la imagen,  varonil y sensual,  levanta su mano derecha en actitud de bendecir.

Publicado el 09/01/2013 en Variado. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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