La serpiente se muerde la cola

Autor: Dalia González Delgado

Un nuevo escándalo sacude Washington. La senadora Dianne Feinstein acusó públicamente a la CIA de robar y mentir. Según afirmó en un acalorado discurso esta semana, la Agencia interfirió en una investigación que realiza el Comité de Inteligencia del Senado que ella dirige, sobre el controvertido programa de interrogatorios que se aplicó después de los atentados del 11 de septiembre del 2001. En esencia, dijo que la CIA estaba espiando al personal del Comité para cubrir sus propias fechorías.

No se trata de una denuncia común, pues si las acusaciones se comprueban se trataría de una violación de la Constitución y de un decreto presidencial que prohíbe a la CIA realizar vigilancia doméstica.

Hasta el momento la Agencia ha rechazado las denuncias. “Nada podría estar más lejos de la verdad”, aseguró su director, John Brennan.

Esta novela comenzó hace varios años, cuando la Comisión de Inteligencia inició una investigación en el 2009 sobre el programa de in-terrogatorios de la CIA, el cual incluye técnicas de tortura como el waterboarding o ahogamiento simulado.

Investigadores de la Comisión tuvieron acceso a seis millones de páginas de documentos que consultaban en computadoras protegidas a las cuales la Agencia no podía tener acceso, según un acuerdo entre ambas partes.

En diciembre del 2012 la Comisión elaboró un reporte titulado “Informe sobre la tortura”, en el que concluyó que esas técnicas habían sido un “terrible error”, y que la CIA había afirmado falsamente que la tortura y otros actos de brutalidad produjeron información útil. Ese texto aún no ha sido publicado.

El problema en cuestión es si la CIA violó su acuerdo con la Comisión sobre el monitoreo del uso de las computadoras. Según Feinstein, en el 2010 unos 870 documentos fueron retirados, y más de 50 fueron sustraídos sin el conocimiento de la Comisión.

El diario The New York Times recordó en un editorial que más allá de la experiencia de Feinstein y del poder del grupo que dirige, sus acusaciones llevan un peso y una credibilidad adicional, pues ella ha sido una defensora de las agencias de inteligencia y sus poderes ampliados después del 11 de septiembre.

“La mentira es esencial para el espionaje”, escribió el periodista norteamericano Tim Weiner, autor del libro Legado de cenizas: la historia de la CIA. “El espionaje es, por definición, ilegal en todas partes; un oficial de la CIA en el extranjero debe romper la ley del país donde él o ella trabaja. Usted está obligado a mentir, engañar y robar. Pero cuando usted regresa a trabajar en Washington, no puede mentir a sus norteamericanos”, escribió.

El discurso de Feinstein fue aclamado por algunos colegas demócratas. Patrick Leahy afirmó que era uno de los más importantes que ha escuchado en sus casi 40 años en el Senado. Mientras, el líder de la mayoría, Harry Reid, destacó el “coraje y convicción” de la Senadora. “Su declaración ha presentado uno de los principios más importantes que hay que mantener, y que es la separación de poderes”, dijo Reid.

Sobre los precedentes de un suceso como este, la doctora Rosa López Oceguera, del Centro de Estudios Hemisféricos y Sobre Estados Unidos (Cehseu) de la Universidad de la Habana, declaró a Granma que no se puede descartar que haya pasado antes, aunque no se haya convertido en escándalo, pues “la olla se destapó” a raíz de las denuncias de Wikileaks, Bradley Manning y Edward Snowden.

“Nada me dice que esto es nuevo”, comentó la especialista. “Lo que sí es nuevo que hay una conciencia sobre el tema”, pues los estadounidenses se van dando cuenta de que sus derechos democráticos, supuestamente garantizados por la Constitución, están siendo lacerados. “No solo usan esos métodos para espiar a los países enemigos o incluso aliados, sino contra sus ciudadanos”.

Con el espionaje sucede algo similar a lo que pasa con los drones: no hay polémica en el Congreso mientras las afectaciones no sean en casa. Snowden ha acusado a Feinstein de “doble moral”. En entrevista con NBC News, criticó la actuación de la CIA, pero añadió que es igualmente preocupante que a un funcionario electo “no le preocupe que los derechos de millones de ciudadanos ordinarios sean violados por nuestros espías, pero de repente arma un escándalo cuando descubre que lo mismo le sucede a él”.

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