La Juventud que quiero

Por Leticia Martínez

Desde hace más de quince años milito en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Era temprano aquel día de octubre cuando en la Plaza del Che, en Santa Clara, mi madre, con una emoción apurada porque se le hacía tarde para su primer turno de clases, puso en mis manos el carné de la UJC. Ella estaba contenta; yo, nerviosa; casi todos se abrazaban, y algunos lloraban como si nos fuéramos de “misión”.

Con una cara pálida, un pulóver de colores, más flaca que una gata y con la cara de estar pensando en la aventura televisiva de las siete y media de la noche, aparecía esta jovencísima mortal en la foto de aquel documento que por detrás dictaba: “hay que tener temple para ser un joven comunista, hay que tener carácter para ser un joven comunista, hay que tener abnegación para ser un joven comunista, hay que tener vocación para ser un joven comunista, hay que saber cumplir…”

¿Era, a mis catorce años, digna de esa condición o pertenecer a la Juventud en aquel entonces era favorable para el pase al preuniversitario? Ciertamente a tantos años del hecho, y teniendo en cuenta los poquísimos callos que vivían en mis manos, no logro distinguir por qué me enrolé en la organización. Quizás, como casi todo lo que hice por aquella época, pensaba más en portarme bien o en ser un orgullo para los demás, sin entender a plenitud de qué iba mi compromiso con una organización política.

Desde entonces mucho ha llovido y estoy más convencida. Si sacan cuentas sabrán que milité durante el último año de Secundaria —por suerte la edad de entrada a la organización aumentó—, los tres del preuniversitario, los cinco de la Universidad y los casi siete que llevo de graduada. Y si algo me ha quedado claro a estas alturas, además de lo bien que se pasa cada cuarto día de abril, es que la organización la hacen sus jóvenes y que la epidemia del desinterés, la apatía, la falta de liderazgo, cunde allí donde se ha obrado mal, lo cual no es, ni remotamente, en toda Cuba.

He militado en comités de base de todo tipo y he sabido de aquellos que existen solo por existir; he conocido de los que se reúnen por correo, de los que inventan las actas de las reuniones, de los que “crecen” solo por cumplir. Pero he estado, también, en el que escaló el Turquino para saber más de su país, en el que reunió pertenencias personales que luego envió a Santiago de Cuba cuando un huracán invadió sus predios, en el que armó buenos debates, en el que sancionó cuando fue oportuno, en el que se empeñó en cambiar el entorno social que lo rodeaba, en el que propuso inundar la plaza con cintas amarillas cuando René nos convocó a todos…

Y ahora que es 4 de abril, además de bailar, comer cake, irnos de acampada —que bien se vale porque sobran razones para la contentura— meditemos en la responsabilidad de la UJC con el futuro del país, ese que por esencia y continuidad natural nos pertenece. Pensemos entonces en la Juventud que queremos, en la necesaria.

Yo, por mi parte, seguiré braceando por una organización más inclusiva, flexible; que se fortalezca con el criterio de todos; que le tema a la unanimidad absoluta, casi siempre ficticia; que aglutine a los mejores pero que dialogue con todos; que no haga de las reuniones el centro de su quehacer; que se meta en los problemas; que proponga soluciones; que entusiasme, que convoque, que sea divertida; que se tome en serio la segunda palabra de su nombre y como tal respire.

Una organización que no se enteque; que camine con los nuevos tiempos; que no se ahogue en su papelería; que aprenda a fluir de abajo hacia arriba y no al revés; que se adapte rápido; que se vea representada en sus líderes; que no demore en sus propuestas; que tome siempre la iniciativa; que enamore…

Y como sé que por ese sendero avanza, con una restructuración de sus estatutos y reglamentos que ha llevado hasta los comité de base la discusión por esa organización que queremos y necesitamos, festejaré con nuevos ánimos este cuatro de abril, cuando la UJC arribe a sus 52 años y nos sobren los motivos para el festejo. Como aquella tarde de octubre, en Santa Clara, celebraremos todos, pero ahora más que convencidos del porqué nos seguimos enrolando.

Publicado el 04/04/2014 en Cuba, Política, Sociedad y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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