El béisbol nos une.

Cuba USA

Por José Lorenzo garcía

¿Te gustaría jugar en las Grandes Ligas? Respuesta de Luis Ulacia y 16 años después, de Yulieski Gurriel. Una articulación entre el béisbol de Estados Unidos y de Cuba tributaría sol“Claro que nos gustaría jugar aquí, don­de se hace un gran béisbol, pero si para eso tengo que agarrar una lancha y escaparme, no gracias” (1ro. de mayo de 1999, estadio Camden Yards, Baltimore, Estados Unidos).

“Sí, nos gustaría jugar en la MLB, es el mejor béisbol del mundo, siempre que se hiciera un trámite legal, con un permiso correspondiente” (4 de febrero del 2015, estadio Hiram Birthon, San Juan, Puerto Rico).
Entre la afirmación de Luis Ulacia, destacado torpedero de los equipos de Camagüey y Cuba y la más reciente de Yulieski Gurriel, en la pasada Serie del Caribe, pasaron casi 16 años y sus declaraciones respondieron exactamente a la misma pregunta ¿Te gustaría jugar en las Grandes Ligas?

Sin embargo, no es un secreto para nadie que en ese espacio de tiempo casi un centenar de peloteros decidieron dejar de actuar en los terrenos de la Mayor de las Antillas para hacer carrera al otro lado del estrecho de la Florida. ¿Las razones? Lo que respondieron en su primera oración Ulacia y Yulieski, asentada en querer demostrar que pueden desempeñarse en ese nivel. Otro motivo ha sido la búsqueda de mejoras económicas, como son todas las migraciones en el mundo. El desplazamiento, el de los jugadores, no obedece a criterios políticos, aunque se haya querido teñir de ese color.

Pero, ¿y las vías? Se les ofrecen sumas millonarias y constantemente son acosados e instados a abandonar equipos en plena competencia en el exterior o, como expresó el camagüeyano, sacándolos en embarcaciones desde las costas cubanas, convirtiendo a los atletas en víctimas del tráfico de personas y en autores de un acto de deslealtad.

En abril del 2014, según el sitio Cu­baen­miami.com, los legisladores de la Flo­rida José Félix Díaz y Matt Gaetz lanzaron una propuesta para modificar la forma en que las Grandes Ligas tratan el tema de los peloteros cubanos. La enmienda provocaría que esa organización tenga que dar infor­mación al go­bierno sobre cualquier hecho vinculado al tráfico de personas del que tengan conocimiento, haciendo más difícil la llegada de peloteros cubanos a la llamada Gran Carpa.

En fecha tan cercana como el pasado 3 de febrero, en pleno desarrollo de la Serie del Caribe San Juan-2015, un despacho de la agencia de prensa DPA daba cuenta de que la Major League Basseball (MLB) eliminó el requisito de que los peloteros cubanos obtengan un permiso del gobierno de Washington antes de poder fichar por un equipo de las Grandes Ligas.

Ahora basta con que firmen un documento en el que juren que residen fuera de la Isla. En esa declaración jurada, de acuerdo con la fuente, los beisbolistas deberán asegurar “que no son miembros del gobierno cubano, ni del Partido Comunista” y que no volverán a su país. Nada más parecido a la firma de un acta de desnaturalización.

Entre dos naciones que juegan un excelso béisbol que, más que deporte, para sus pueblos es verdadera pasión, debe desterrarse una relación como esa. Peloteros y aficiones de ambos países merecen tratarse de igual a igual, sobre la base de conversaciones que enfrenten a esa trata de personas y al robo de talentos, mediante abultados cheques, a las ventajas de que los jugadores cubanos puedan desempeñarse en el béisbol estadounidense sin estar obligados a una ruptura con la tierra que los vio nacer, sin que tengan que pasar por una acción indigna, como es la de abandonar a sus compañeros de equipo.

Una articulación entre el béisbol de las dos naciones tributaría solo ventajas para las dos partes. Hoy, exponentes de la pelota cubana brillan y prestigian a la MLB y otros pudieran hacerlo con igual o mayor nivel, lo cual da fe de la calidad de su formación; de otro lado, el deporte nacional se beneficiaría al poder probarse en un certamen de alto rigor competitivo; se lograría un intercambio que pudiera hasta llegar a recibir en Cuba juegos del calendario de Grandes Ligas, y en Estados Unidos, desafíos de la temporada cubana, idea que engalanaría a un espectáculo deportivo que de por sí cuenta ya con lo más importante, peloteros de alto vuelo.

Un vínculo de este tipo sepultaría la cantidad de mercaderes que hoy lucran aprovechándose de las diferencias y que lastran a ambas partes. Si hay algo que identifica a estadounidenses y cubanos, rebasando incluso la barrera del idioma y las costumbres, es el béisbol, que está incrustado en nuestros ADN como un sello de sentimientos patrios. En otras palabras, él tiene la capacidad de unirnos y reconocernos, no de separarnos.

En un ambiente de restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, sentarse a la mesa en busca de un acuerdo, mediando una relación contractual, que permita que los de aquí puedan jugar en aquella pelota sin renunciar a su país y a los suyos; que puedan participar en los torneos internacionales representando a su bandera y también en los campeonatos cubanos cuando no coincidan los calendarios de uno y otro lados, sería una verdadera contribución en la búsqueda de una normalización de esas relaciones y una señal inequívoca de buena voluntad, principio que es un estandarte del deporte a nivel mundial. Desde septiembre del 2013, se aprobó la política de contratación en el exterior de deportistas de todas las modalidades. En la actualidad existe la experiencia en la liga japonesa con cuatro peloteros, que cumplieron las exigencias de esa lid, jugaron en la contienda de casa y vistieron las franelas de la escuadra nacional, con dividendos para el certamen nipón y también del lado de la Mayor de las Antillas.

Pienso que alcanzar esa armonía es posible, incluso con la fastidiosa presencia del criminal y anacrónico bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba. Es decir, un entendimiento, contrato de por medio, donde los servicios de los peloteros sean pagados por las franquicias donde se desempeñarían, no estaría en la lista negra de la codificación de esa política, recogidas en las leyes Torricelli (1992), Helms-Burton (1996) y de Reforma de las Sanciones Comerciales y Ampliación de las Exportaciones (2000). So­lo bastaría dialogar, respetando las diferencias y con el ánimo de continuar avanzando.

Cuba no abandonaría nunca sus postulados en la formación de sus atletas ni tampoco la concepción de desarrollo de su movimiento deportivo, visto en el derecho al deporte de todos los sectores de la población y en su alto contenido social como un medio de preparación integral, portador de salud y apegado a las conquistas de la Revolución. Sin embargo, ese mismo basamento le ha permitido y le permitiría, participar, contribuir y codearse con lo que más vale y brilla en el escenario atlético mundial, incluyendo circuitos profesionales, cualquiera sea la disciplina deportiva.
o ventajas para las dos partes

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