Cuba en Toronto: ¿sorpresa o realidad?

Joel García/Cubadebate

La XVII edición de los Juegos Panamericanos concluyó hace solo unas horas y para los cubanos, el cuarto lugar general en la tabla de medallas martilla aún en la mente de muchos, al tiempo que motiva preguntas, comentarios e interpretaciones. ¿Es una sorpresa esta actuación?, cuestionan la mayoría de los seguidores de nuestro deporte a periodistas y especialistas.

Con toda razón debe admitirse el término de sorpresa en su acepción de inesperado, si tenemos en cuenta el espíritu triunfalista que se impregnó en la opinión pública antes del magno evento por parte de las autoridades del organismo rector de la actividad, quienes se reservaron su pronóstico de medallas, pero aseguraron  que mantendríamos el segundo lugar histórico desde Cali 1971, sin matizar que otro puesto por debajo de ese objetivo era digno también para un país como el nuestro.

La realidad, a partir de un correcto estudio del contrario, nuestros retrocesos en algunas disciplinas y la participación en solo 217 de los 364 juegos de medallas, mostraba que era extremadamente difícil para Cuba no solo rebasar los 50 oros, sino también vencer a Canadá en su territorio, dada la preparación millonaria que siempre les ponen a sus atletas cuando son sedes de los Juegos, como ocurrió en Winnipeg 1967 y 1999, donde alcanzaron sus mejores dividendos en oros y total de preseas.

El concepto de que Cuba es una potencia deportiva en América no entra en contradicción con el cuarto escaño alcanzado en Toronto. Ese ubicación — incluso el tercero, al que pudo accederse si no hubieran fallado medallas claves—, está en correspondencia con el actual contexto económico y social del país, al margen de que  impone revisar y analizar lo que pudo y no salió bien en cada escenario de competencia, ya sea por aspectos físicos, psicológicos o tácticos.

Citemos varios ejemplos. Es urgente mirar la situación actual que viven los deportes colectivos, pues ninguno lució bien en Toronto. El bronce de la selección de baloncesto es meritorio, pero no complace. Y mucho menos el tercer lugar del béisbol a la hora de recoger los bates. El hockey sobre césped, polo acuático, sóftbol y voleibol dejaron las imágenes más pálidas de todas sus presencias en estas lides y no podrán asociarse directamente a falta de topes foráneos en el actual ciclo.

La selección femenina de balonmano parecía ser la de más posibilidades de clasificar a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro y falló a la hora cero contra un rival (Uruguay) que había derrotado semanas atrás en La Habana; mientras la mejor cara colectiva en tierras canadienses, a pesar de haber acariciado plata y bronce, corrió por nuestras parejas de voleibol de playa, con nivel mundial a partir de su inserción en el circuito profesional de esa disciplina.

En la gran laguna dejada por el atletismo (5 oros es lo más bajo desde 1975), el descenso de campeones en la lucha y el judo (tradicionales reyes), la poca carga dorada de las pesas, el raquítico aporte de la esgrima (un bronce por equipos) y las reservas que dejaron el remo y el tiro (dos títulos per cápita) debemos encontrar también las explicaciones del porqué solo llegamos a 36 oros, 27 platas y 34 bronces.

A pesar de todo lo anterior y más, tampoco podemos demeritar ni olvidar deportes, nombres e historias que nos hicieron saltar de emoción entre el 10 y 26 de julio. El taekwondo afianzó su dominio en el área, la gimnasia artística regresó con doradas tras 12 años; el canotaje reinó como ni ellos mismos imaginaban, mientras el clavados regaló una de las más electrizantes competencia con la vanguardia en la plataforma sincronizada.

La judoca Dayaris Mestre y el primer oro de la delegación, los tres taekwondocas dorados: Yania Aguirre, José Cobas y Rafael Alba, los kayacistas Jorge Antonio García y Yusmari Mengana con su triple corona, la pertiguista Yarisley Silva y su récord panamericano, los clavadistas perfectos Jeinkler Aguirre y José Antonio Guerra, el imprescindible y seguro luchador Mijaín López o el impresionante maratonista Richer Pérez, son apenas algunos de los nombres que saltan en cualquier recuento rápido.

Estar preocupados, insatisfechos e inconformes por el cuarto lugar en Toronto no disminuye el orgullo, la admiración y el regocijo por la entrega que vimos de cada uno de nuestros atletas, con más o menos premios para sus vitrinas personales, hayan entrado o no en las 121 finales que logramos disputar. A ellos, y no a los que decidieron abandonarnos antes o durante la contienda canadiense son a quienes debemos hoy apoyo, respeto y honores, junto al abrazo de su familia y del barrio.

La comparación matemática de números en la historia —recurrente por desgracia en muchos colegas y directivos— no debe ser lo más saludable en lo adelante. Hay que interpretar lo sucedido sin justificar ni sobredimensionar nada. Las citas cuatrienales como esta son, en esencia, para disfrutar como espectáculo, mostrar la preparación hecha tras meses de duro entrenamiento, pero también para hermanar hombres y mujeres desde la causa deportiva, aunque ya sabemos de sobra que los tentáculos del dinero y la comercialización han minado todos los certámenes del músculo.

¿Qué hubiéramos querido más? Es cierto, pero ahora, con el mismo coraje que mostró Richer Pérez en esa maratón mágica que casi cierra los Juegos, lancémonos a revolucionar lo que merece ser revolucionado en nuestro movimiento deportivo. Esa es la mayor ganancia de Toronto y ojalá la aprovechemos antes de que sea más tarde.

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