Crónica a Fidel

Tomado de Agencia Cubana de Noticias

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En Santiago, diciembre huele a flores para el absuelto por la historia.
Amanece en la ciudad de Santiago de Cuba, se viven las últimas jornadas de noviembre y los días se notan grises y tristes como su pueblo, porque Fidel ha muerto.

Al caminar la calle Enramadas, la gente se saluda y habla de las cosas cotidianas, veo rostros conocidos, los de siempre, pero sin el brillo de una sonrisa.

La expresión del dolor es inocultable.

Una niña de ocho años preguntó a  su abuelo dónde puede colocarle una flor al Comandante en Jefe, el anciano con voz quebradiza responde: “En cualquier pedacito de Cuba”, y así es, porque Fidel sigue siendo tan grande que no cabe en una urna, tan inmenso que su espíritu está disperso por toda la Isla.

Nuevamente vuelve el líder a Santiago, esta vez para siempre, regresa para estar junto a José Martí y Frank País, en las entrañas de una tierra a la que una vez dijo:  !Gracias! y de la cual afirmó que en ella siempre le esperaría la victoria.

Más que victorioso llegará a este rincón de oriente, convertido en un Quijote detenido solo por el molino de la muerte aquel 25 de noviembre aciago que nadie olvidará, no por estar recogido en un libro de historia o de las efemérides más importantes, sino por permanecer escrito en el sitio donde nada se borra: el corazón.

Sobre una carretera escoltada de las montañas donde construyó sueños vendrá Fidel, en una caravana distinta por lo triste, pero portadora de la misma libertad de los días luminosos de enero de 1959.

Acompañado de sus seguidores de siempre y a la vista de los cubanos que seguramente dejarán sus casas para ver ese último recorrido, llegará el guerrillero y su leyenda a Santiago, no faltarán las flores ni las lágrimas, tampoco el saludo marcial ante sus cenizas, solo cenizas, porque el espíritu tal vez escaló la Sierra Maestra y está en el Pico Turquino, al lado de Martí, mirando a todos esos que lloran y a la vez prometen seguirlo.

Se va noviembre y ya diciembre huele a flores, la madre natura, siempre sabia, señala que ha muerto un hombre bueno, los días se sienten fríos y lúgubres, como la misma muerte.  Aún así, salga o no el sol el próximo tres de diciembre, ahí estarán los santiagueros congregados, no para decirle adiós, porque no se ha ido, sino para expresarle, como una vez se le dijo al Che: ¡Hasta siempre, Comandante!

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