Un episodio censurable

Por Carlos Luque/Tomado de La pupila insomne

«En otras casas cuecen habas,

y en la mía a calderadas»

Del refrán cervantino.

“El patio de mi casa, no es particular,

Se llueve y se moja, como los demás”

De una canción infantil.

“Liebre huye, galgos la siguen: ¡Dulcinea no parece!”

De El Quijote.

Un gran profesor solía repetirme lo que para él era un refrán muy sabio: “piensa mal, y acertarás”. De joven uno se resiste a llevar ese principio por el mundo como neurótico bastión defensivo, porque puede arrastrar tras ella, su alma. Pero los años enseñan otra lección: es sano no desconfiar por principio, resulta enfermizo a priori, pero sí debes comprobar. “Confía, pero comprueba”, dice también el inmortal refranero.

Confiar, pero comprobar, fue lo que me propuse cuando, leyendo este artículo con el título Las Páginas de la Revolución que ahora publica La Pupila, – y que ya conocía, como veremos, pero en otra versión, – me sorprendieron algunas líneas con evidentes diferencias, y algunas clamorosas añadiduras que no recordaba  en el otro texto, de igual título, y del mismo autor.

Si este, según informa el subtítulo, es el texto original, barruntaba yo que algo había sucedido, porque aquel anterior, publicado por la misma pluma, pero en otra plataforma, era distinto: en resumen, este tenía palabras y hasta fragmentos completos que faltaban en aquel. ¿Qué había sucedido?

La sabia incredulidad del viejo profesor vino a mi memoria, con el amargo recuerdo de haberle llevado siempre la contraria: si pienso mal, me dije, aquí hay censura. Si pienso bien, debo comprobar. Puse, pues, manos a la obra mediante una elemental lectura comparativa, y sin ínfulas de filólogo.

Quien revisa un texto y tiene la facultad de aprobarlo o no para su publicación, puede sugerir cambios sólo cosméticos, o asumir la obligación no siempre grata al autor de hacer propuestas estilísticas, es decir, detectar una redundancia aquí, eliminar un adjetivo más allá, mejorar el orden de las ideas, vamos, esas pequeñas pifias propias de la tarea más solitaria del mundo, según creo que decía el gran Gabo.

Acometí la tarea comparativa, pues, con esa perspectiva. Aunque debo confesar que ya en la primera lectura saltaban a la vista párrafos completos que estaban en un texto, el original de ahora, y no en otro, el de otrora. Y aquello ya no me sonaba a un celo estilístico. Si me detenía en las ideas tronchadas, pues entonces habría que pensar que la revisión no se había propuesto mejorar la redacción, o hacer que brillara el estilo ajeno, sino podar contenidos. Claro que también ciertos contenidos es aconsejable condenarlos a las tijeras si redundan…así pues…comencemos por los detalles que nos parezcan cuestión de estilo…

El artículo en cuestión, Las Páginas de la Revolución, se publica inicialmente en La Joven Cuba, bajo la firma de Javier Gómez Sánchez, el 2 de febrero del año en curso. En ese texto el autor evidentemente dialoga con uno anterior, bajo la firma de Harold Cárdenas Lema, titulado Los periodistas imprescindibles. No es el objetivo analizar ahora las tesis de Javier Gómez, aunque sí será inevitable hacer algunas observaciones cuando el análisis comparativo de la edición de La Joven Cuba tenga que ser cotejado con esta, su versión original, es decir, la que ahora se publica en La Pupila como la versión íntegra de Javier Gómez Sánchez.

La primera diferencia salta en el tercer párrafo, y parece un capricho sólo estilístico, pues utiliza las tijeras (recordemos para más adelante este noble instrumento de la costurera y el barbero convertido en metáfora) en la frase destacada en rojo aquí por mi: “Varios elementos del abanico mediático cubano…”, de lo que resulta una más sintética expresión. Feliz resultado.

Pero ya más adelante hay una diferencia que no tiene nada que ver con la mejoría del estilo, ni con el principio de economía: a partir de aquí se eliminaron en la edición de La Joven Cuba, tres párrafos completos, o dicho con rigor, una buena parte del párrafo que sigue al anterior mencionado, y dos párrafos completos que le continúan.

¿Cuál es el contenido eliminado? Nada menos que un juicio del autor sobre el periodismo “independiente”. Es necesario citarlo, aunque el lector pueda hacer su propia lectura en el original, para tenerlo en cuenta en medio de este análisis. El segundo y el tercer párrafos que sí aparecen en la que el autor llama su escrito intocado, son los siguientes y continuaré con el rojo para facilitar la lectura de lo omitido en la primera versión del texto de Gómez Sánchez:

“Pensaban (es decir, los “independientes”, aclaración de CLZB) que habían cimentado un mullido lugar donde reposar mientras arremetían contra la institucionalidad, no con la crítica sino con la mañosa y mala intención. Mientras tiraban la piedra y escondían la mano una y otra vez. Mientras cada vez que alguien los señalaba, se vendían como víctimas. El ciclo se repetía siempre, porque el dedo que los señalaba, que tiraba de la manta bajo la que se mueven los dólares que financian los ¨proyectos¨, la voz que se levantaba, siempre estaba sola, era distinta cada vez, pero siempre solitaria.

“Y así, a fuerza de venderse como mártires, se pensaron héroes. Héroes del ¨periodismo independiente¨.“

En estos dos párrafos el autor expone su frontal valoración sobre el periodismo “independiente”, periodismo que, efectivamente, tiene los atributos señalados y eliminados. ¿Se podrá argumentar que su eliminación obedece a que no es la línea editorial de La Joven Cuba cual colectivo, sino sólo el criterio de Javier Gómez Sánchez? En casos como estos las publicaciones suelen aclarar que las opiniones son de la responsabilidad del autor, pero no eliminarlas.

Ante esto el lector, con toda naturalidad, se pregunta: ¿por qué un proyecto que precisamente se ha hecho eco, o ha sido vía directa de críticas a la relación entre el Partido cubano y la prensa estatal, que ha lamentado el “sacrificio” de los periodistas estatales, somete a un autor de su mismo medio al sacrificio de sus ideas? ¿Dónde está la coherencia entre la solidaridad con otros que considera sacrificados  y este acto que a todas luces cercena al texto de su denuncia más clara, en todo caso una opinión de su autor?

Como el eventual lector de La Pupila tiene a dos golpes de ratón ambas versiones, dejemos que haga su personal cotejo, y en aras de esa moderna brevedad que  exigen aquellos lectores que se fatigan demasiado pronto, apuntemos sólo muy telegráficamente otros cambios, con pequeños comentarios cuando la cosa lo amerite:

  1. Eliminación de la palabra “contrarrevolucionario” en el cuarto párrafo de la versión mutilada, y en su lugar sustituida por la expresión “Muchos que no lo son(es decir, que no son revolucionarios)”. ¿Es que ya no hay contrarrevolucionarios? ¿A qué ese pudor terminológico cuando determinadas críticas al Partido Comunista aparecidas en ese medio no hacen rodeos ahorrando palabras?
  2. En el párrafo siguiente se elimina la palabra Revolución. Aceptemos que es para evitar la fea cercanía cacofónica molesta al oído.
  3. La expresión “Los zorros cambian el pelaje”, que concluye un pequeño párrafo en el texto original, está excluida de la versión publicada en LJC. Es una metáfora autoral que corona lo dicho antes con respecto a las otras coberturas utilizadas en distintos momentos por los periodistas “independientes”. ¿Es un arreglo estilístico o una suavización del lenguaje? En todo caso es el estilo y la facultad del autor. ¿Por qué mutilarla? ¿Si la hiciera el jefe de un equipo de periodistas de un medio estatal, qué opinaría quien mutiló el texto de Gómez Sánchez? ¿Lo miraríamos con la lupa de Galeano y pondríamos el grito en el mismo cielo purista? ¿Hablaríamos de un sistema que hace aguas cual nave sin timonel ni rumbo cierto?
  4. Con respecto al corte siguiente, mucho más significativo, no se tiene más remedio que citarlo, dada su importancia, la fuerza original de su denuncia, y la intención, incomprensible aquí más que en cualquier otro punto, del mutilador. La frase que destaco en rojo no aparece en la versión cercenada:

“Segundo, que tras cuatro páginas impresas en blanco y negro o tras un blog de palo sostenido con mucho esfuerzo puede haber más dignidad que tras la espléndida página web de algún proyecto lustrado con fondos extranjeros, becas generosas, publicidad camufladora o sospechosos crowdfunding.” 

Ahora se pregunta este comentarista: ¿es que no somos testigos de espléndidas páginas web, de proyectos profusamente ilustrados, sostenidos con fondos extranjeros, concebidos en becas generosas, con publicidad que hace cobertura al surfeo epidérmico en las noticias sesgadas, y no  sólo sospechosos de crowdfunding, sino bien evidentemente ciertos, algo que salió a la luz no hace mucho con el alegre safari oriental de unos periodistas “independientes” que solicitaron vergonzosamente la caridad internacional para informar sobre una catástrofe nacional? ¿Cuál ha sido aquí el fundamento de la exclusión? ¿Acaso que no es cierto?

Hay que recordar que La Joven Cuba se declara un blog de jóvenes universitarios revolucionarios, o así surgió. ¿Qué argumento se puede tener para impedir la denuncia desde sus páginas de una estrategia que evidentemente está montada y pensada para dañar a la Revolución? Pero si el que ha manejado las “tijeras sin compasión” tiene su criterio al respecto, ¿por qué impedir que el autor exprese algo que no es una exageración, ni una ofensa, ni una fealdad estética, sino una palpable realidad que es imperioso denunciar precisamente por un medio de jóvenes revolucionarios?

Finalmente, casi en las postrimerías del artículo se elimina, por segunda vez, la expresión “…de la Revolución” y allí no se comprende el motivo, pues no hay ni cacofonía, ni redundancia, ni problema de estilo alguno.

Para concluir, como el artículo original censurado tiene evidente relación con el  otro mencionado del autor Harold Cárdenas Lema, Los periodistas imprescindibles, recordé y releí algunas afirmaciones de ese artículo, como estas, absolutas, lapidarias y terminantes, cual fenómeno total, refiriéndose al periodismo estatal:

“…mientras el trabajo del reportero recibe tijera sin compasión, a menudo sin una razón concreta, solo (sic) “por si acaso”, para no buscarse los problemas que el mismo Raúl convocó a buscarnos.”

Y antes se ha dicho,

“El papel censor que ejercen los dueños en los medios privados puede ser sustituido por el de los burócratas con instinto de conservación…”

La Joven Cuba no es un medio privado, y no se supone que sus jóvenes revolucionarios hayan llegado a la edad en que existe el peligro de contagio con el virus del burocratismo y la decadencia de las energías revolucionarias. No creo que se vaya a considerar ataque que nos hagamos estas preguntas. En todo caso, dadas las diferencias entre los dos textos, necesitan respuestas:

¿Por qué, entonces, han utilizado las tijeras que denuncian?

¿Por qué ese denodado interés en señalarlo tanto a la prensa estatal, sin matices, y como si fuera un absoluto sin excepciones, cronicando muertes anunciadas, y apocalipsis sin retornos, cuando se usa ese instrumento en su mismo medio?

¿Por qué ese “papel de censor” en un medio que con tanto denuedo y pureza denuncia la censura cuando es en el periodismo estatal?

¿Con qué “instinto de conservación”, señalado sólo a otros, se actúa en este caso?, ¿qué ha querido preservar el censor, qué problema no se ha querido buscar, qué visión satisfacer, o cuál no ofender, es decir, cómo sigue el mismo llamado de Raúl que proclama, cuando ha eliminado un contenido que denuncia con sus justos nombres proyectos que dañan a la Revolución? ¿Se deben usar las palabras de Raúl a conveniencia?

Ojalá haya respuesta para esto, porque la contradicción es flagrante, y como en otras ocasiones, no leamos evasivas y justificaciones, denuncias de ataques o victimizaciones plañideras.

Este comentarista no desea atacar ni hacer llorar a nadie. Confía en la inteligencia ajena y, todavía, en el declarado propósito revolucionario de quien lo afirme. Seguir lamentando un bajo intento de persecución ya deja más que desear de los que se lamentan, que de los supuestos victimarios. No hay tantas lecciones de revolucionarios cubanos, ni de ninguna época, quejándose de ser perseguidos y acosados. Sí las hay de quienes dan respuestas claras, o aceptan cuando se equivocan.

Hay irresponsabilidad e incoherencia cuando, con una mano, se culpa al proyecto cubano y su Partido de los “problemas de la prensa” y, a la vez, con la otra se elimina una información que denuncia, precisamente, la estrategia que ya se usa, y que estaría expedita para su implementación sin trabas, cuando el Partido dejara de cumplir ese papel que “no le corresponde”. Es necesario meditar en esto antes que derivas conceptuales lleguen, efectivamente, a un punto de no retorno. Para afinar la puntería y corregir el rumbo quizás sea útil que meditemos fraternalmente en estas palabras de Julio García Luis:

«Creemos que puede haber una mejor alternativa cubana, socialista, revolucionaria y de mérito periodístico. Que sintetice y mantenga lo que deba ser conservado, y cambie lo que deba ser cambiado. Una alternativa que salvaguarde el papel político y clasista de nuestra prensa, la propiedad social en la que se sustenta, y el papel dirigente del Partido como fuerza de vanguardia de nuestra sociedad».

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