La Habana de todos: De Napoleón en #Cuba

Museo-Napoleonico

Por Lisbet Penín Matos

¿Consideran que La Habana guarda tesoros silenciosos? Esta nación, heredera de tradiciones y cultura conserva entre sus calles, elevaciones, ciudades y campos numerosas joyas arquitectónicas, escultóricas, museables, etc. Hoy nos acercaremos a uno de esos lugares que, pos su simbolismo, es de obligada visita.

Justo en la intersección de las calles San Miguel y Ronda se erigen sus líneas renacentistas y estilo florentino. Cercano está de la bicentenaria Universidad de La Habana y de la transitada Rampa.

Una mansión, la llamada Dolce Dimora, desde hace más de 50 años se convirtió en el Museo Napoleónico y abre sus puertas al público cubano y foráneo para mostrar valiosos objetos de la era del emperador francés. Esa etapa de la historia universal guarda fascinantes recuerdos en La Habana de todos.

Jardines, terrazas, hermosas piezas de arte, biblioteca y muchos objetos aparecen en las cuatro plantas del inmueble, el cual, desde la entrada atrapa con su belleza e historia.

La edificación, construida con piedras jaimanitas, cedro, caoba, mármol italiano, data del pasado siglo específicamente del año 1929. Cuentan los historiadores de la institución que la casa perteneció al diplomático ítalo-cubano Orestes Ferrara, y fue construida por la firma de arquitectos Govantes y Cabarrocas.

¿Cómo llegaron las piezas?

Julio lobo, magnate de la industria azucarera, era apasionado de la historia y la época napoleónica. Debido a su gran fortuna, llegó a decirse que fue uno de los hombres más ricos de la Isla.

Gran parte de los objetos que hoy se encuentran en el museo napoleónico pertenecieron a Lobo, quien las adquiría en casas de subasta. La colección del museo también se fortaleció con otras obras donadas, compradas por la institución y recuperadas por el Estado.

Las muestras incluyen obras de la plástica de artistas como Jean Vivert, Jean Baptiste Regnault, Françoise Flameng, Eugenio Lucas Velázquez y Robert   Léfèvre. Aun así, a pesar de existir varias pinturas que muestran el rostro del emperador Napoleón, se dice que rara vez posó para ser retratado.

La primera planta del museo muestra a los visitantes muebles de finales del siglo XVIII, retratos de la familia Bonaparte, óleos (Retrato de Napoleón Bonaparte, La campaña de Egipto, El regreso de la Isla de Elba General, La Batalla de Waterloo), artes decorativas, entre muchos otros objetos.

En el segundo piso sobresale Bonaparte prepara la ceremonia de coronación, junto a ánforas de porcelana de Sévres, que recuerdan la batalla de Austerlitz.

El museo, además, guarda una casaca, el bicornio, un reloj de oro y el catalejo que usó en Santa Elena.

La caída del imperio francés, así como la muerte del emperador están recreadas con objetos en la tercera planta del museo. Aquí pueden apreciarse la lámpara que obsequiara Napoleón a Josefina al retornar de la campaña en Italia, las pistolas que portara en el combate de Borondino y su mascarilla mortuoria.

El misterio de la cara

Muchas personas, a pesar de los numerosos retratos de Napoleón, aun aprecian una incógnita cuando intentan imaginar su rostro. Aquí, en Cuba existe la respuesta a ese cuestionamiento, pero lo apreciable no es el rostro de leyenda, sino la cara de un hombre que sereno dejó de existir.

Dos días después del fallecimiento de Napoleón fue tomada la mascarilla mortuoria por el médico Francesco Antommarchi, quien lo asistió en Santa Elena durante los últimos momentos de su vida.

Narra la historia que en 1833 Antommarchi dio la máscara al escultor Cánova, quien ordenó la producción de un número limitado del rostro de Bonaparte en bronce. Las piezas, bajo la firma de los artistas Richard y Quesnel, se realizaron en el taller de París. Una vez confeccionadas se distribuyeron entre miembros de la familia Bonaparte y mariscales franceses.

La mascarilla mortuoria de Napoleón que se conserva en el museo fue traída a Cuba por el doctor Antommarchi, quien se instaló en la parte oriental de la Isla a finales de 1836 y realizó investigaciones sobre la fiebre amarilla, enfermedad que causó su muerte en Santiago de Cuba, en 1838.

¿Y el cuarto piso?

En esta parte de la edificación, fue construida en caoba, una impresionante biblioteca especializada con más de cuatro mil volúmenes que abarcan desde los últimos tiempos de la monarquía hasta el Segundo Imperio.

La importancia de este archivo histórico es que la mayoría de sus ejemplares pertenecen a reducidas ediciones.

¿Quién pensaría que el gran emperador francés tendría objetos personales en esta Isla del Caribe? ¿Acaso creen que él habría llegado a Las Américas? Lo cierto es que a pesar de las distancias, aquí, en el Museo Napoleónico de La Habana, se guarda la colección más importante en América Latina acompañada de recuerdos, historia y curiosidades.

(Tomado de Razones de Cuba)

 

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