Expertos vaticinan una Guerra Civil en los Estados Unidos (Segunda Parte)

Por  Miguel Ángel García Alzugaray

El proteccionismo de EEUU les saldrá caro a los estadounidenses

Se destaca que el tema de la segunda guerra civil fue legitimado para los medios de comunicación después de la elección de Donald Trump. Según esta visión, los demócratas se decepcionaron hasta tal punto que rompieron su propio tabú.

Como consecuencia, una serie de publicaciones en los medios de comunicación llevaron a un enfrentamiento entre la derecha e izquierda.

Según cuenta la precitada Nikíforova, fue entonces cuando se avivaron las discusiones sobre una inminente segunda guerra civil en los medios de comunicación. Dichos medios invitaban a expertos militares y discutían con toda seriedad el posible escenario de la guerra.

La CIA motor de una guerra civil.

Por su parte Kevin Shipp, anterior funcionario de la CIA, advirtió desde hace 8 meses la subrepticia guerra civil que se despliega en EEUU entre dos bandos: el ‘lado Constitucional’ y el ‘lado oscuro’.

En esta confrontación nacional aunque pueda parecer paradójico, la CIA es el motor principal ya que se desarrolla de acuerdo con su táctica favorita: “divide y vencerás”.

El mismo Kevin Shipp, quien ha desnudado al Deep State, sentenció que los recientes avatares judiciales del anterior abogado de Trump, Michael Cohen, y de su anterior jefe de campaña Paul Manafort, constituyeron un “golpe de Estado fallido” cuando los principales multimedia de EEUU “encubren un documento falso del Departamento de Justicia”.

Según Shipp, “Trump está confrontando al ‘gobierno en la sombra’ y al Deep State”.

Antes de que el mismo Trump advirtiera sobre un colapso bursátil en caso de un triunfo de los Demócratas el pasado 6 de noviembre que pudiera desembocar en su ‘impeachment’, se han permeado altisonantes amenazas sobre un levantamiento de los numerosos partidarios del presidente, lo cual ha sido invocado tanto por su influyente consejero legal Rudolph Giuliani, guardián de los secretos del 11 de septiembre en Nueva York, en una entrevista con SkyNews, como por uno de sus peores enemigos, John Brennan, exdirector de la CIA en la etapa de Obama.

Los partidarios del presidente Trump aceptan a ciegas la teoría sobre la ‘cacería de brujas’ de parte del juez especial Robert Mueller, vinculado a los Bush, así como la desinformación repleta de ‘fake news’ de la aplastante mayoría de los multimedia de EEUU.

En referencia a las sanciones de EEUU contra Rusia, en una conferencia de prensa conjunta con su homólogo finlandés Sauli Niinisto en Sochi, el presidente Vladímir Putin comentó que “el problema no es solamente la postura del presidente estadunidense, sino también lo que se llama el ‘establishment’ que dirige a EEUU en el sentido amplio del término”.

Estados Unidos sigue estando en un estado de guerra civil.

No sólo una guerra civil, sino la guerra civil. En la primera vuelta, allá por los años 1860, la Confederación perdió. Sin embargo, ahora la Confederación está ganando temporariamente. Estados Unidos sigue siendo un país dividido por dos culturas.

Desde el principio, Estados Unidos ha sido un campo de batalla de dos visiones encontradas. El credo fundador de Estados Unidos era que “todos los hombres son creados iguales”. Sin embargo, la realidad fundadora era que los hombres blancos eran mucho más iguales que cualquier otro. Los hombres blancos tenían esclavos, les negaban el voto a las mujeres y se apropiaban de las tierras y de las vidas de los norteamericanos nativos.

Durante la Guerra Civil de 1861-1865, la Confederación esclavista, integrada por 13 estados secesionistas, fue derrotada por 19 estados del norte y luego ocupada por el gobierno federal durante una docena de años. Sin embargo, una vez terminada la “Reconstrucción” en 1877, el sur practicó enérgicamente un racismo sistémico durante casi un siglo, hasta que el Congreso norteamericano sancionó la Ley de Derechos Civiles en 1964 y la Ley de Derecho al Voto en 1965, principalmente con el apoyo de los demócratas del norte. A partir de ese momento, los votantes blancos del sur desertaron del Partido Demócrata en masa. Los republicanos abrazaron la llamada estrategia sureña, basada en resistir el ascenso de los afronorteamericanos y otros grupos minoritarios y en oponerse a toda legislación que les transfiriera fondos, estatus o poder.

Los republicanos así se convirtieron en el partido del sur y los demócratas, en el partido del noreste y de la costa oeste sobre el Pacífico, mientras que el medio oeste y los estados montañosos del oeste se volvieron regiones oscilantes. La región industrial de los Grandes Lagos tendió hacia los demócratas mientras que los estados agrícolas del medio oeste y los estados montañosos se inclinaron por los republicanos. Los estados del medio oeste y los estados montañosos también practicaron la cultura fronteriza de los colonos blancos que reprimía a los norteamericanos nativos y a los inmigrantes asiáticos e hispanos.

La propiedad de armas marca otra división entre los demócratas y los republicanos.

La cultura de las armas del Partido Republicano refleja las mismas fuerzas culturales que forjan sus opiniones en contra de las minorías. En un libro brillante, Loaded, la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz nos recuerda que las “milicias bien reguladas” mencionadas en la Segunda Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que consagra el derecho a portar armas, eran grupos de hombres blancos que asaltaban los pueblos norteamericanos nativos y perseguían a esclavos que se habían escapado.

Como sostienen contundentemente Avidit Acharya, Matthew Blackwell y Maya Sen en su reciente libro Deep Roots: How Slavery Still Shapes Southern Politics (Raíces profundas: Cómo la esclavitud sigue forjando la política en el sur), es el legado de la esclavitud y la segregación posterior a la Guerra Civil lo que dio lugar a la actual cultura política del sur. “Al interior de zonas donde antes existía un alto nivel de esclavitud”, demuestran, “es donde resulta más factible que los blancos se opongan al Partido Demócrata, estén en contra de la acción afirmativa y expresen sentimientos que podrían considerarse racialmente resentidos”.

Tanto antes como después de la Guerra Civil, los blancos pobres del sur aceptaban su condición inferior porque valoraban su superioridad sobre afronorteamericanos aún más desesperados.

La política racial así bloqueó la aparición de una política de clases, que habría unido a los blancos pobres y a los negros pobres para exigir más servicios públicos pagados con impuestos más altos a las elites blancas.

De los 26 senadores que representan a los 13 ex estados confederados hoy, 21 son republicanos y cinco son demócratas. De los 38 senadores que hoy representan a los 19 estados del norte de 1861, 27 son demócratas y nueve son republicanos (dos independientes, Bernie Sanders y Angus King, hacen cónclave con los demócratas).

 El presidente Donald Trump es una anomalía geográfica.

Trump es en realidad un racista pro-sureño de la liberal Nueva York. Trump, un defensor de la cultura sureña del hombre blanco, es rechazado por su estado natal (59% de desaprobación en septiembre de 2018). Es más Mississippi que Manhattan.

La división cultural estuvo plenamente de manifiesto en las sesiones del Senado que recientemente confirmaron al juez Brett Kavanaugh para la Corte Suprema de Estados Unidos.

Los defensores de Kavanaugh en el Senado eran simplemente hombres blancos del sur y del medio oeste que evitaron el cuestionamiento de la prerrogativa de hombre blanco de Kavanaugh para beber y salir de juerga cuando era joven y, en cambio, atacaron a los acusadores del nominado. Mitch McConnell de Kentucky, un ex estado esclavista, orquestó exitosamente la confirmación de Kavanaugh. Lindsey Graham de Carolina del Sur, el primer estado esclavista en separarse en 1860, fue la defensora más agresiva de Kavanaugh en la Comisión Judicial del Senado y describió las acusaciones de ataque sexual contra Kavanaugh como “la farsa más inmoral desde que estoy en la política”.

John Kennedy de Louisiana, otro ex estado confederado, calificó las audiencias como “un espectáculo bizarro e intergaláctico”.

Los demócratas y los republicanos son partidos no sólo de culturas y regiones diferentes, sino también de economías diferentes. Los estados del noreste y del Pacífico lideran en alta tecnología, innovación, educación superior, trabajos bien remunerados e ingreso per capita. El sur está rezagado muy por detrás. Los hombres blancos de clase trabajadora del sur y del medio oeste no sólo defienden su estatus y sus privilegios raciales; también están peleando por sus empleos en industrias donde la automatización y el comercio exterior han erosionado constantemente el empleo.

Los blancos de clase trabajadora del sur saldrían muy beneficiados si abandonaran la política basada en la raza de los republicanos en favor de una política basada en la clase.

Después de todo, son las elites corporativas blancas, no los afronorteamericanos, los hispanos y otras minorías pobres, los que privan a los blancos de clase trabajadora de escuelas públicas de calidad, atención médica asequible y seguridad ambiental. Los senadores hombres y blancos del sur sacan provecho de la guerra de culturas en parte para proteger a los donantes ultra ricos de los republicanos, que disfrutan de los recortes impositivos corporativos y de la desregulación ambiental mientras que el partido les echa la culpa a los afronorteamericanos y a los hispanos.

La caída en la predominancia de blancos no hispanos en la población total probablemente haya ampliado la división cultural de Estados Unidos en los últimos 20 años. Y como se espera que los blancos no hispanos se conviertan en una minoría de la población total alrededor de 2045, la guerra civil en curso en Estados Unidos podría empeorar. No terminará hasta que los norteamericanos de clase trabajadora de todas las regiones, razas y etnicidades aúnen fuerzas para exigir impuestos más altos y mayor responsabilidad de parte de la elite corporativa rica.

“Ahora no se discute si habrá una guerra, sino cómo será”, dicen los columnistas en vista de los eventos que tuvieron lugar en EEUU en los últimos años.

Hay una creciente desigualdad económica en el país, lo que empeora los conflictos raciales. Así fue durante el alboroto de Ferguson, donde la población de color “mostró su furia” matando a policías blancos.

El debate sobre los monumentos a los racistas

El ya anterior y feroz debate sobre la eliminación de monumentos y símbolos confederados en EE.UU. personifica la división política y social actual y las interpretaciones opuestas de la historia estadounidense. En ese orden, algunos sostienen que esos monumentos veneran a figuras que lucharon por mantener la esclavitud, mientras que otros argumentan que rinden homenaje a grandes patriotas.

Cuando el supremacista blanco Dylann Roof mató a nueve afroamericanos que asistían a un servicio eclesiástico en Charleston, en 2015, provocó un movimiento para eliminar los monumentos confederados de los espacios públicos de todo el país. Más de 100 monumentos y símbolos han sido retirados desde 2015, pero no sin controversia y contra-protestas.

Sin embargo, otros grupos están presionando para que se construyan nuevos monumentos confederados.

El año pasado, un mítin del grupo de extrema derecha Unite the Right, que convocó a protestar por el retiro de una estatua del militar confederado Robert E. Lee en Charlottesville, se volvió violento cuando un manifestante embistió en su automóvil a la multitud de contra-manifestantes, hiriendo a decenas de personas y matando a tres activistas.

Polarización de opiniones por los medios

Según analistas, toda esta discordia social se está reproduciendo en las pantallas de televisión de los estadounidenses, de una manera que parece estar exacerbando el problema. En el propósito de aumentar sus índices de audiencia, los medios de comunicación invitan a los expertos que postulan opiniones más polarizadas, para así generar aún más controversia y discordia.

En un artículo, se subraya que los medios que “promueven indignación ensordecedora en búsqueda de ‘rating’ y vistas de páginas, empeoran el problema” y recuerda una época en la que los estadounidenses podían estar en desacuerdo sin odiarse entre sí.

Es por ello que el historiador David Blight señaló la similitud de las circunstancias actuales con las que se observaron en vísperas de la primera guerra civil. En aquel entonces también hubo alborotos con ataques contra los policías, hubo una crisis migratoria y aumentaron los asesinatos.

La guerra civil de EEUU llevó a la muerte de entre 600.000 y 700.000 personas, lo que constituía más del 2% de la población del país. Si se proyectan estos datos a la actualidad, en la segunda guerra civil morirían al menos seis millones de personas, siempre claro que no se empleen armas nucleares por un bando para aniquilar a sus eventuales opositores.

Convencidos de que esta tenebrosa perspectiva puede hacerse realidad en cualquier momento, la ultrareaccionaria camarilla de la Casa Blanca hace esfuerzos desesperados por desviar la atención del pueblo norteamericano mediante maquinaciones de todo tipo, como la guerra comercial con China, la amenaza de los inmigrantes en la frontera con México, o convirtiendo a Cuba, Nicaragua y Venezuela en peligrosos enemigos a los que hay que eliminar con la ayuda de los neofascistas de la región.

De aquí la importancia, como se subrayó durante la XVI Cumbre del ALBA-TCP recién celebrada en La Habana, de reforzar la unidad indestructible entre nuestros pueblos, por ser la garantía de la paz en la región, al declarar entre otros postulados que:

Expresamos nuestra preocupación por las agresiones y acciones contra la paz y la seguridad regionales, especialmente las amenazas de uso de la fuerza contra la República Bolivariana de Venezuela, que atentan contra la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, firmada por los Jefes de Estado y/o Gobierno en la II Cumbre de la CELAC, celebrada en La Habana los días 28 y 29 de enero de 2014.

Ratificamos la plena vigencia de las palabras del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, el 18 de octubre de 1995 en la Oncena Cumbre del Movimiento de Países no Alineados cuando expresó “No somos simples espectadores. Este mundo es también nuestro mundo. Nadie puede sustituir nuestra acción unida, nadie tomará la palabra por nosotros. Solo nosotros, y solo unidos, podemos rechazar el injusto orden político y económico mundial que se pretende imponer a nuestros pueblos”.

Expertos vaticinan una Guerra Civil en los Estados

El proteccionismo de EEUU les saldrá caro a los estadounidenses

Se destaca que el tema de la segunda guerra civil fue legitimado para los medios de comunicación después de la elección de Donald Trump. Según esta visión, los demócratas se decepcionaron hasta tal punto que rompieron su propio tabú.

Como consecuencia, una serie de publicaciones en los medios de comunicación llevaron a un enfrentamiento entre la derecha e izquierda.

Según cuenta la precitada Nikíforova, fue entonces cuando se avivaron las discusiones sobre una inminente segunda guerra civil en los medios de comunicación. Dichos medios invitaban a expertos militares y discutían con toda seriedad el posible escenario de la guerra.

La CIA motor de una guerra civil.

Por su parte Kevin Shipp, anterior funcionario de la CIA, advirtió desde hace 8 meses la subrepticia guerra civil que se despliega en EEUU entre dos bandos: el ‘lado Constitucional’ y el ‘lado oscuro’.

En esta confrontación nacional aunque pueda parecer paradójico, la CIA es el motor principal ya que se desarrolla de acuerdo con su táctica favorita: “divide y vencerás”.

El mismo Kevin Shipp, quien ha desnudado al Deep State, sentenció que los recientes avatares judiciales del anterior abogado de Trump, Michael Cohen, y de su anterior jefe de campaña Paul Manafort, constituyeron un “golpe de Estado fallido” cuando los principales multimedia de EEUU “encubren un documento falso del Departamento de Justicia”.

Según Shipp, “Trump está confrontando al ‘gobierno en la sombra’ y al Deep State”.

Antes de que el mismo Trump advirtiera sobre un colapso bursátil en caso de un triunfo de los Demócratas el pasado 6 de noviembre que pudiera desembocar en su ‘impeachment’, se han permeado altisonantes amenazas sobre un levantamiento de los numerosos partidarios del presidente, lo cual ha sido invocado tanto por su influyente consejero legal Rudolph Giuliani, guardián de los secretos del 11 de septiembre en Nueva York, en una entrevista con SkyNews, como por uno de sus peores enemigos, John Brennan, exdirector de la CIA en la etapa de Obama.

Los partidarios del presidente Trump aceptan a ciegas la teoría sobre la ‘cacería de brujas’ de parte del juez especial Robert Mueller, vinculado a los Bush, así como la desinformación repleta de ‘fake news’ de la aplastante mayoría de los multimedia de EEUU.

En referencia a las sanciones de EEUU contra Rusia, en una conferencia de prensa conjunta con su homólogo finlandés Sauli Niinisto en Sochi, el presidente Vladímir Putin comentó que “el problema no es solamente la postura del presidente estadunidense, sino también lo que se llama el ‘establishment’ que dirige a EEUU en el sentido amplio del término”.

Estados Unidos sigue estando en un estado de guerra civil.

No sólo una guerra civil, sino la guerra civil. En la primera vuelta, allá por los años 1860, la Confederación perdió. Sin embargo, ahora la Confederación está ganando temporariamente. Estados Unidos sigue siendo un país dividido por dos culturas.

Desde el principio, Estados Unidos ha sido un campo de batalla de dos visiones encontradas. El credo fundador de Estados Unidos era que “todos los hombres son creados iguales”. Sin embargo, la realidad fundadora era que los hombres blancos eran mucho más iguales que cualquier otro. Los hombres blancos tenían esclavos, les negaban el voto a las mujeres y se apropiaban de las tierras y de las vidas de los norteamericanos nativos.

Durante la Guerra Civil de 1861-1865, la Confederación esclavista, integrada por 13 estados secesionistas, fue derrotada por 19 estados del norte y luego ocupada por el gobierno federal durante una docena de años. Sin embargo, una vez terminada la “Reconstrucción” en 1877, el sur practicó enérgicamente un racismo sistémico durante casi un siglo, hasta que el Congreso norteamericano sancionó la Ley de Derechos Civiles en 1964 y la Ley de Derecho al Voto en 1965, principalmente con el apoyo de los demócratas del norte. A partir de ese momento, los votantes blancos del sur desertaron del Partido Demócrata en masa. Los republicanos abrazaron la llamada estrategia sureña, basada en resistir el ascenso de los afronorteamericanos y otros grupos minoritarios y en oponerse a toda legislación que les transfiriera fondos, estatus o poder.

Los republicanos así se convirtieron en el partido del sur y los demócratas, en el partido del noreste y de la costa oeste sobre el Pacífico, mientras que el medio oeste y los estados montañosos del oeste se volvieron regiones oscilantes. La región industrial de los Grandes Lagos tendió hacia los demócratas mientras que los estados agrícolas del medio oeste y los estados montañosos se inclinaron por los republicanos. Los estados del medio oeste y los estados montañosos también practicaron la cultura fronteriza de los colonos blancos que reprimía a los norteamericanos nativos y a los inmigrantes asiáticos e hispanos.

La propiedad de armas marca otra división entre los demócratas y los republicanos.

La cultura de las armas del Partido Republicano refleja las mismas fuerzas culturales que forjan sus opiniones en contra de las minorías. En un libro brillante, Loaded, la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz nos recuerda que las “milicias bien reguladas” mencionadas en la Segunda Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que consagra el derecho a portar armas, eran grupos de hombres blancos que asaltaban los pueblos norteamericanos nativos y perseguían a esclavos que se habían escapado.

Como sostienen contundentemente Avidit Acharya, Matthew Blackwell y Maya Sen en su reciente libro Deep Roots: How Slavery Still Shapes Southern Politics (Raíces profundas: Cómo la esclavitud sigue forjando la política en el sur), es el legado de la esclavitud y la segregación posterior a la Guerra Civil lo que dio lugar a la actual cultura política del sur. “Al interior de zonas donde antes existía un alto nivel de esclavitud”, demuestran, “es donde resulta más factible que los blancos se opongan al Partido Demócrata, estén en contra de la acción afirmativa y expresen sentimientos que podrían considerarse racialmente resentidos”.

Tanto antes como después de la Guerra Civil, los blancos pobres del sur aceptaban su condición inferior porque valoraban su superioridad sobre afronorteamericanos aún más desesperados.

La política racial así bloqueó la aparición de una política de clases, que habría unido a los blancos pobres y a los negros pobres para exigir más servicios públicos pagados con impuestos más altos a las elites blancas.

De los 26 senadores que representan a los 13 ex estados confederados hoy, 21 son republicanos y cinco son demócratas. De los 38 senadores que hoy representan a los 19 estados del norte de 1861, 27 son demócratas y nueve son republicanos (dos independientes, Bernie Sanders y Angus King, hacen cónclave con los demócratas).

 El presidente Donald Trump es una anomalía geográfica.

Trump es en realidad un racista pro-sureño de la liberal Nueva York. Trump, un defensor de la cultura sureña del hombre blanco, es rechazado por su estado natal (59% de desaprobación en septiembre de 2018). Es más Mississippi que Manhattan.

La división cultural estuvo plenamente de manifiesto en las sesiones del Senado que recientemente confirmaron al juez Brett Kavanaugh para la Corte Suprema de Estados Unidos.

Los defensores de Kavanaugh en el Senado eran simplemente hombres blancos del sur y del medio oeste que evitaron el cuestionamiento de la prerrogativa de hombre blanco de Kavanaugh para beber y salir de juerga cuando era joven y, en cambio, atacaron a los acusadores del nominado. Mitch McConnell de Kentucky, un ex estado esclavista, orquestó exitosamente la confirmación de Kavanaugh. Lindsey Graham de Carolina del Sur, el primer estado esclavista en separarse en 1860, fue la defensora más agresiva de Kavanaugh en la Comisión Judicial del Senado y describió las acusaciones de ataque sexual contra Kavanaugh como “la farsa más inmoral desde que estoy en la política”.

John Kennedy de Louisiana, otro ex estado confederado, calificó las audiencias como “un espectáculo bizarro e intergaláctico”.

Los demócratas y los republicanos son partidos no sólo de culturas y regiones diferentes, sino también de economías diferentes. Los estados del noreste y del Pacífico lideran en alta tecnología, innovación, educación superior, trabajos bien remunerados e ingreso per capita. El sur está rezagado muy por detrás. Los hombres blancos de clase trabajadora del sur y del medio oeste no sólo defienden su estatus y sus privilegios raciales; también están peleando por sus empleos en industrias donde la automatización y el comercio exterior han erosionado constantemente el empleo.

Los blancos de clase trabajadora del sur saldrían muy beneficiados si abandonaran la política basada en la raza de los republicanos en favor de una política basada en la clase.

Después de todo, son las elites corporativas blancas, no los afronorteamericanos, los hispanos y otras minorías pobres, los que privan a los blancos de clase trabajadora de escuelas públicas de calidad, atención médica asequible y seguridad ambiental. Los senadores hombres y blancos del sur sacan provecho de la guerra de culturas en parte para proteger a los donantes ultra ricos de los republicanos, que disfrutan de los recortes impositivos corporativos y de la desregulación ambiental mientras que el partido les echa la culpa a los afronorteamericanos y a los hispanos.

La caída en la predominancia de blancos no hispanos en la población total probablemente haya ampliado la división cultural de Estados Unidos en los últimos 20 años. Y como se espera que los blancos no hispanos se conviertan en una minoría de la población total alrededor de 2045, la guerra civil en curso en Estados Unidos podría empeorar. No terminará hasta que los norteamericanos de clase trabajadora de todas las regiones, razas y etnicidades aúnen fuerzas para exigir impuestos más altos y mayor responsabilidad de parte de la elite corporativa rica.

“Ahora no se discute si habrá una guerra, sino cómo será”, dicen los columnistas en vista de los eventos que tuvieron lugar en EEUU en los últimos años.

Hay una creciente desigualdad económica en el país, lo que empeora los conflictos raciales. Así fue durante el alboroto de Ferguson, donde la población de color “mostró su furia” matando a policías blancos.

El debate sobre los monumentos a los racistas

El ya anterior y feroz debate sobre la eliminación de monumentos y símbolos confederados en EE.UU. personifica la división política y social actual y las interpretaciones opuestas de la historia estadounidense. En ese orden, algunos sostienen que esos monumentos veneran a figuras que lucharon por mantener la esclavitud, mientras que otros argumentan que rinden homenaje a grandes patriotas.

Cuando el supremacista blanco Dylann Roof mató a nueve afroamericanos que asistían a un servicio eclesiástico en Charleston, en 2015, provocó un movimiento para eliminar los monumentos confederados de los espacios públicos de todo el país. Más de 100 monumentos y símbolos han sido retirados desde 2015, pero no sin controversia y contra-protestas.

Sin embargo, otros grupos están presionando para que se construyan nuevos monumentos confederados.

El año pasado, un mítin del grupo de extrema derecha Unite the Right, que convocó a protestar por el retiro de una estatua del militar confederado Robert E. Lee en Charlottesville, se volvió violento cuando un manifestante embistió en su automóvil a la multitud de contra-manifestantes, hiriendo a decenas de personas y matando a tres activistas.

Polarización de opiniones por los medios

Según analistas, toda esta discordia social se está reproduciendo en las pantallas de televisión de los estadounidenses, de una manera que parece estar exacerbando el problema. En el propósito de aumentar sus índices de audiencia, los medios de comunicación invitan a los expertos que postulan opiniones más polarizadas, para así generar aún más controversia y discordia.

En un artículo, se subraya que los medios que “promueven indignación ensordecedora en búsqueda de ‘rating’ y vistas de páginas, empeoran el problema” y recuerda una época en la que los estadounidenses podían estar en desacuerdo sin odiarse entre sí.

Es por ello que el historiador David Blight señaló la similitud de las circunstancias actuales con las que se observaron en vísperas de la primera guerra civil. En aquel entonces también hubo alborotos con ataques contra los policías, hubo una crisis migratoria y aumentaron los asesinatos.

La guerra civil de EEUU llevó a la muerte de entre 600.000 y 700.000 personas, lo que constituía más del 2% de la población del país. Si se proyectan estos datos a la actualidad, en la segunda guerra civil morirían al menos seis millones de personas, siempre claro que no se empleen armas nucleares por un bando para aniquilar a sus eventuales opositores.

Convencidos de que esta tenebrosa perspectiva puede hacerse realidad en cualquier momento, la ultrareaccionaria camarilla de la Casa Blanca hace esfuerzos desesperados por desviar la atención del pueblo norteamericano mediante maquinaciones de todo tipo, como la guerra comercial con China, la amenaza de los inmigrantes en la frontera con México, o convirtiendo a Cuba, Nicaragua y Venezuela en peligrosos enemigos a los que hay que eliminar con la ayuda de los neofascistas de la región.

De aquí la importancia, como se subrayó durante la XVI Cumbre del ALBA-TCP recién celebrada en La Habana, de reforzar la unidad indestructible entre nuestros pueblos, por ser la garantía de la paz en la región, al declarar entre otros postulados que:

Expresamos nuestra preocupación por las agresiones y acciones contra la paz y la seguridad regionales, especialmente las amenazas de uso de la fuerza contra la República Bolivariana de Venezuela, que atentan contra la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, firmada por los Jefes de Estado y/o Gobierno en la II Cumbre de la CELAC, celebrada en La Habana los días 28 y 29 de enero de 2014.

Ratificamos la plena vigencia de las palabras del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, el 18 de octubre de 1995 en la Oncena Cumbre del Movimiento de Países no Alineados cuando expresó “No somos simples espectadores. Este mundo es también nuestro mundo. Nadie puede sustituir nuestra acción unida, nadie tomará la palabra por nosotros. Solo nosotros, y solo unidos, podemos rechazar el injusto orden político y económico mundial que se pretende imponer a nuestros pueblos”.

(Tomado de Razones de Cuba)

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