Para leer a Facundo Correcto. Por Javier Gómez Sánchez

¨Ya estamos lejos de la anécdota Disney. Estamos en el campo en que la inteligencia de la derecha chilena y la histeria de las agencias norteamericanas ubicaron este libro: en el de la política¨

Héctor Schmucler

Prólogo a ¨Para leer al Pato Donald¨

He disfrutado siempre reírme de los funcionarios. Criticar a la dirigencia siempre ha sido para mí un divertimento, al punto de que varios directivos disfrutarían que engrosara la estadística de fulminados por un rayo. Lo que más he disfrutado escribir son los dos cuentos de sátira política El nacimiento de un tecnócrata y Un ilusionista en el Palacio de las Convenciones, aparecidos en un blog hace tiempo y que jamás han visto el papel, y probablemente nunca lo verán. En Cuba no se pueden considerar inéditos, sino oficialmente impublicables. Durante años la burocracia y la tecnocracia han sido mis blancos predilectos. Como profesional del arte soy instintivamente tan opuesto a la censura, como al mismo tiempo rechazo la manipulación de ese sentimiento.

Una vez me dijeron que me parecía a Facundo. Me sorprendió un poco. No creía tener la más mínima relación con el personaje: No uso guayabera, no ando con una agenda bajo el brazo, ni con sellitos en la camisa y jamás he ocupado responsabilidad alguna de dirección principal más allá de la puerta de mi casa, y a veces ni eso. Ni siquiera estoy en la plantilla fija de institución alguna. Lo más desconcertante fue que quienes me lo dijeron eran personas a las que trataba de ayudar a salir de una situación, que compartía con ellos, utilizando las vías legales e institucionales para defender sus derechos, las que demostraron tener éxito. Comprendí entonces que la similitud que encontraban no era precisamente de imagen. El personaje televisivo ha calado de manera tal que ha logrado instalarse como símbolo en la mente de muchos cubanos, de todo aquel que no solo trabaje, sino que se vincule de alguna manera, pretenda utilizar, o simplemente comprenda en nuestro país el funcionamiento de cualquier tipo de institucionalidad.

En no pocas conversaciones en las que alguien intenta explicar a otros el contenido de una nueva ley, o la estructura de un organismo del Estado, o lograr algún tipo de solución colectiva, surge la referencia burlona al personaje. Incluso entre personas de sentimientos revolucionarios, pues el efecto más profundo de un trabajo de ridiculización ideológica es llegar a lograr que los ridiculizados la rían y celebren. (¨Que las víctimas lleguen a compartir y comprender la lógica de sus verdugos¨, Allen W. Dulles)

En el caso de Facundo, el acopio de elementos semióticos, resaltados hasta la exageración, recalcados visualmente, como el borde rojo en el bolsillo que sugiere el carnet del PCC, o el sello que evoca a la Asociación de Combatientes en la guayabera, forman un conjunto de fetiches para un estereotipo. Pero más allá de lo visual, el comportamiento del personaje va calando, instalándose en la mente de los televidentes. Incluso, presentando extensiones en otros personajes con similar propósito que han ido apareciendo en el programa. No son ¨otros¨ personajes, sino los mismos estereotipos multiplicados. La idea que se transmite es que esas características no son de Facundo, sino de todo aquel que se dedica a las labores y a la función social que este realiza.

Pero un nivel superior del efecto del personaje es no solo dejarse caer sobre los dirigentes, sino sobre todo aquel que participa en la estructura que estos dirigen, o sea todo el que ¨es dirigido¨. A fuerza de semana tras semana de transmisión, ya Facundo ha sobre-cumplido el propósito de estereotipar a un personaje ante el público, para estereotipar a una parte de la población ante otra.

El ¨choteo¨ es propio de nuestra identidad, dirían. Nunca he dejado de preguntarme si el personaje objeto de ¨choteo¨ hubiese consistido en alguien con una Biblia bajo el brazo, y un crucifijo, predicando entre sus vecinos… ¿Qué tiempo hubiese durado al aire?

La imposición televisiva de Facundo como el ¨típico dirigente¨, responde a la construcción de lo típico más allá de lo lógico. Funciona con la misma mecánica inversa en la que no se produce un producto para un público, sino que se produce un público para el producto; en este caso no se crea un personaje para un estereotipo, sino que a la larga se busca consolidar un estereotipo para un personaje.

La fabricación de símbolos con el uso intensivo de estereotipos fue descrita en 1922, en su libro Opinión Pública, por el periodista estadounidense Walter Lippman: ¨De todos los medios de influencia sobre el ser humano, los más sutiles, con una excepcional fuerza de sugestión son los que crean y apoyan la galería de estereotipos. Nos cuentan sobre un mundo antes de verlo. Nos imaginamos la mayoría de las cosas antes de conocerlas en la práctica. Y esas nociones preliminares, si nuestra educación no nos alerta contra ello, manejan desde lo profundo todo el proceso de percepción¨

La cita es utilizada por el profesor ruso Serguei Kara Murza –quien vivió en Cuba entre los años 60 y los 70- en su complejo ensayo Manipulación de la conciencia, sobre el desmontaje mediático de la sociedad soviética, publicado en nuestro país por la editorial Ciencias Sociales en el 2014, para señalar que: ¨La insatisfacción de la gente se canalizó hacia los funcionarios de dirección, estrechamente vinculados con la imagen del Estado¨

Para millones de televidentes, la percepción simbólica de la dirigencia en Cuba, no es el NTV, sino que ha llegado a ser el programa humorístico que se transmite minutos después. (Tal vez por eso el equipo de expertos de Obama escogió que este apareciera en la Televisión Cubana a través de Vivir del Cuento.)

Pocos perciben el contraste, pero Facundo cada vez responde menos al tipo de dirigente que estamos viendo de modo creciente en la Cuba del 2020: ¿Responde el Presidente a ese estereotipo, respondieron antes Fidel o Raúl? ¿Responden los ministros? ¿Responden a él una buena parte de los diputados? El personaje de Facundo solo responde a un tipo de dirigente que sin dudas existe y vemos, no a la diversidad del ejercicio de la dirigencia que tenemos hoy, pero se trata de imponer la idea de que todos son Facundos y que solo veamos ese.

El análisis del personaje ha tenido un tránsito difícil en los principales medios de comunicación cubanos. Por un lado, los vínculos de simpatía con los actores del programa, la audiencia que este posee en el país, el miedo a la reacción de una maquinaria capaz de linchar en las redes sociales a cualquiera (lo vimos recientemente), el temor económico -en el caso de los que son profesionales del gremio televisivo- a cerrarse posibilidades de ser sumados a equipos de realización, al afectar relaciones por emitir honestamente su criterio. Lo que funciona como una censura que puede ser mayor incluso que la institucional. Por otro lado, la incomodidad que produce en algunos responsables de que esto haya llegado hasta este punto, pues analizar la influencia de Facundo sobre el público pasa por analizar el desempeño de esa responsabilidad. La misma inercia burocrática que durante años ha permitido acríticamente esa acumulación simbólica y que en una mala interpretación de la diplomacia la puso en manos de Obama; la que tomó ahora con ella una decisión previsiblimente controversial, dejando primordialmente en manos de la maquinaria propagandística enemiga su comunicación e interpretación, con tardías excepciones.

La intención de reducirlo todo al asunto del video sobre lo sucedido en Cuatro Caminos, es tratar de simplificar mentalmente algo mucho más abarcador y a lo que debimos haberle perdido el miedo de hablar desde hace mucho. Y hacerlo tampoco puede limitarse a un puñado de comentarios en Facebook, en un país donde existe una crítica cultural bastante sólida.

Ese temor no puede hacer realidad las palabras de Allen W. Dulles, quien fuera director de la CIA, que constantemente pesan sobre nosotros: ¨Solo unos pocos acertarán a sospechar e incluso a comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarles, desacreditarles y señalarles como desechos de la sociedad¨

Analizar y hacer visibles las sutilezas y factores de eso que ¨realmente sucede¨, con este y otros temas, no son actos nacidos de ínfulas banales ni egocentrismos, sino de la búsqueda de la unidad que necesitamos frente a una guerra comunicacional y que no lograremos con enfoques superficiales ni hegemonismos, tampoco con la ingenuidad- ¿Acaso más cómoda y conveniente? -, que como advirtió el Presidente ante el Congreso de la UNEAC, hace tanto daño como la perversidad.

Fue en estos días de la tormenta en torno al personaje de Facundo que escuché a alguien recordar el clásico libro ¨Para leer al Pato Donald¨, de Ariel Dorfman y Armand Mattelard, un análisis ideológico sobre las historietas de Walt Disney ideadas para América Latina, publicado por primera vez en 1971 en el Chile de la Unidad Popular, y luego prohibido –y quemado- por la dictadura. A cuya publicación la prensa de derecha llegó a reaccionar con titulares como ¨El pato Donald contra Allende¨, tratando de simplificar y ridiculizar mediáticamente no solo la intención de los autores, sino la del gobierno de Salvador Allende al publicarlo por considerarlo un material educativo. En su prólogo, escrito por Héctor Schmucler, se señala que esa reacción se basaba en que ¨para la burguesía el Pato Donald es intocable: Lo ha impuesto como modelo de sano esparcimiento para los niños¨. Ese mismo tratamiento se le ha intentado dar al personaje de Facundo por la prensa digital orientada a la guerra mediática contra Cuba, con el añadido de que, a diferencia del Pato Donald, no se trata de una creación de la industria cultural estadounidense hecha para nosotros, sino de la televisión cubana para nosotros mismos.

En este caso lo que infantilmente se pretende presentar por esa prensa como un sano esparcimiento es el ¨choteo cubano¨ (una tradición cultural que realmente poco les importa), apelando -con un mecanismo similar al de defensa disneyniano contra Allende- a la manipulación de esa tradición en la mente de los cubanos, e intentando cubrir con ese manto protector lo que para esa maquinaria ha tenido hasta ahora una nada despreciable funcionalidad política. Los que lo hacen, saben bien que para politizar a conveniencia el humor, lo primero que deben lograr es desideologizar la crítica hacia este, cualquier intento de hacer lo contrario será demonizado y acusado de censura.

Aunque varios compañeros han expresado que este tema ya debería ser cerrado, otros han intentado aportar el por qué se trata de algo que va mucho más allá de un personaje en un programa de televisión. Preguntémonos entonces, por qué esa misma maquinaria que lincha a músicos y actores cubanos, que aplaude que les prohíban trabajar en Miami y que defiende que se profane a Martí, mientras acoge con entusiasmo cada nueva sanción de Trump, y no ocupa una sola línea en defender a Cuba, va a la guerra por Facundo.

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