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Pueden llamarse Yamilé, Indira, Katia, Aymara o Graciela. Caminan por las calles o caminos de cualquier zona de Cuba, generalmente a alta velocidad. En un hombro, la cartera de trabajo, que puede cargar desde una laptop, hasta un set de peluquería o un estetóscopo. En el otro, una jaba de compras que puede contener “de lo humano y lo divino” y se va cargando, poquito a poquito, en el camino de regreso a la casa.

Tienen entre 45 y 59 años; son protagonistas de la educación de sus hijos y en muchos casos cuidadoras de sus padres o abuelos; cumplen importantes misiones laborales o sociales; y comienzan a sentir malestares, dolores, ante los que no siempre se detienen a reflexionar… No tienen tiempo.

Son las llamadas “mujeres sándwiches” o “generación del emparedado”. Y tal calificación no es precisamente fruto de la ocurrente chispa de los habitantes de este archipiélago, aunque bien podría serlo. El término se le atribuye al psicólogo estadounidense Quaeshi Walker, quien define de esta manera a quienes se encuentran comprimidas entre el cuidado de hijos y ancianos, la pareja, el hogar y el trabajo.

Con más de una traducción a varios idiomas y asumida por especialistas de casi todo el mundo, la expresión the sandwich generation lamentablemente se puso de moda hace poco más de dos décadas y aparece con mucha frecuencia en esa literatura ligera al estilo de Cosmopolitan, anunciando consejos enlatados, pretendidas soluciones, también ligeras, para asuntos bien serios y aún poco identificados.

¿Quiénes son estas mujeres? ¿Qué características comparten? ¿Qué les preocupa? ¿Qué les duele?

Coinciden especialistas en que estas también llamadas mujeres de la edad mediana, en Cuba residen fundamentalmente en zonas urbanas, tienen un nivel educacional elevado y una vida social intensa, ya que muchas integran la población económicamente activa, aunque no todas tengan un empleo remunerado. En su mayoría, son madres.

Un grupo nada despreciable se ha casado o unido más de una vez y, a menudo, son pilares de sus familias. Viven los cambios biológicos del climaterio. Se desempeñan, al mismo tiempo, como esposas, hijas, madres, abuelas y hasta nietas, por obra y gracia de la alta esperanza de vida en el país. Y, por si fuera poco, trabajan y dirigen.

Las mujeres reciben una influencia cultural que las lleva a sentirse responsables de todo. “No te gusta, te frustra, te desgasta, pero sientes la obligación de que eso te pertenece”, ha graficado más de una vez, también por experiencia propia, la doctora Norma Vasallo, psicóloga y presidenta de la Cátedra de la Mujer de la Universidad de la Habana.

Otras señales pueden distinguir a estas mujeres “maduras” en el entramado social: su fecundidad es muy baja, pues biológicamente cursan por el final de su vida reproductiva; una parte considerable son jefas de hogar, porque están solas al frente de la familia o porque sus propios esposos las reconocen como tal y muestran un movimiento relativamente agitado en la formación y disolución de parejas.

A veces lucen cansadas, abatidas, pero, según las estadísticas, apenas están en la plenitud de sus vidas –las cubanas de estas edades tienen hoy una esperanza de vida de más de 30 años más-, por lo que les queda mucho camino por delante. Pero ¿logran escapar del centro del pan?, ¿se ven?, ¿las vemos?

Sometidas a cargas que otros grupos sociales no reciben, las protagonistas de este trabajo muchas veces pasan por la vida como si fueran invisibles… hasta para ellas mismas. Ellas, por ejemplo, no suelen estar contempladas entre grupos de población que demandan atención específica -niñas, adolescentes en edad reproductiva, mujeres envejecidas-, por lo cual carecen de programas de atención específicos, diseñados o implementados para ellas. Las políticas de salud, por otra parte, se detienen en la etapa reproductiva y después en la edad geriátrica; casi nunca en el intermedio.

No son pocas las mujeres de estas edades que se preguntan cada día por qué nadie se ha dado cuenta de que ellas necesitan descansar y quererse un poco a sí mismas. Otras, ni siquiera se percatan de esas urgencias, y hasta las hay que sienten un atávico orgullo por asumir con esmero una asfixiante montaña de tareas laborales y domésticas.

Las “supermujeres”

Se parecen más a heroínas de comics que a verdaderos seres humanos, si atendemos a la variedad de las tareas que realizan, dentro y fuera del hogar. Pero a diferencia de lo que ocurre en las caricaturas, donde estos seres son aclamados por multitudes agradecidas, las proezas de nuestras protagonistas quedan, casi siempre, en el anonimato.

Al indagar acerca de cómo transcurre uno de sus días –no importa si son profesionales, obreras agrícolas, trabajan por cuenta propia, o incluso, si se quedan en casa- es fácil notar que, parejo a sus responsabilidades profesionales y sociales, dedican tiempo a labores consagradas al cuidado de otros: hijas e hijos; padres, madres y esposos constituyen para ellas una prioridad.

La Encuesta Nacional de Igualdad de Género (ENIG) realizada en 2016 por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), confirmó que las mujeres dedican como promedio, en una semana,14 horas más que los hombres al trabajo no remunerado. O sea, a la llamada segunda jornada. ¿O tercera?

A juicio de la economista Teresa Lara Junco, experta en estadísticas e indicadores de género, cuando se mide el tiempo nos colocamos ante el resultado expreso de la división sexual del trabajo y las relaciones de poder: las expresiones más claras de desigualdad.

El panorama se agrava cuando a las cargas se suma el cuidado de adultos mayores -población en ascenso vertiginoso en el país-, pues exige un desgaste físico y emocional que llega a transformar totalmente las dinámicas cotidianas de estas cubanas, hasta el punto, incluso, de abandonar definitivamente el trabajo remunerado.

“Si se tiene en cuenta la alta participación social de las mujeres en la economía cubana, a la vez que la permanencia de patrones sexistas que consideran las labores de cuidado como responsabilidad principalmente de las mujeres, puede vislumbrarse una potencial zona de conflicto”, aseveró, por su parte, Ana Violeta Castañeda Marrero, en su estudio “¿Quién cuida en la ciudad?”, publicado en 2018 en la serie Asuntos de Género, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En la edad mediana, para colmo, se consolida la experiencia profesional y, por tanto, es este un segmento donde se registra una gran cantidad de mujeres con cargos administrativos y públicos.

“Bajo esas condiciones, son frecuentes los estados depresivos, irritabilidad, ansiedad, cansancio frecuente, sobrecargas al sistema nervioso y la disminución de la llamada calidad de vida”, ha explicado la médica y antropóloga Leticia Artiles Visbal.

En pocas palabras, los “superpoderes” solo existen en la imaginación.

Con motivo de los 25 años de Beijing, que se cumplen justo este año, organismos internacionales como ONU Mujeres promueven campañas que exigen igualdad en la remuneración y a la hora de compartir el trabajo doméstico y el cuidado no remunerado.

En Cuba, especialistas de diversos perfiles abogan en Cuba por más estudios que profundicen los diversos ciclos de vida de las mujeres, no solo como etapas particulares, sino viéndolas desde los diversos impactos acumulados que ocasionan en su salud y calidad de vida. La respuesta, coinciden miradas expertas, debe encaminarse hacia un enfoque integral en la atención a estas edades, que tenga incorporados enfoques de género y no pierda de vista las particularidades del cuidado.