Washington escala el conflicto con Venezuela.

Contra Venezuela, sí pero no

MISION VERDAD. El magnate presidente Donald Trump, flanqueado en la sala de prensa de la Casa Blanca por el jefe del Pentágono, Mark Esper, el fiscal general William Barr y el jefe del Estado Mayor Conjunto, Mark Milley, anunció que Estados Unidos lanzaría “operaciones antinarcóticos mejoradas en el hemisferio occidental para proteger al pueblo estadounidense del flagelo mortal de los narcóticos ilegales. No debemos permitir que los carteles de la droga exploten la pandemia para amenazar la vida de los estadounidenses”.

Agregó que el Comando Sur, a cargo del almirante Craig Faller, contará con el “despliegue de destructores adicionales de la Armada, barcos de combate, aviones y helicópteros, escampavías de la Guardia Costera y aviones de vigilancia de la Fuerza Aérea, duplicando nuestras capacidades en la región”, refiriéndose específicamente al Pacífico Oriental y al Caribe con el supuesto objetivo de socavar a los carteles del narcotráfico de México, Colombia y el Triángulo Norte, aprovechando el movimiento para movilizar recursos militares cerca de las costas venezolanas.

La incautación hace varios días de “590 kilos de cocaína, 39 kilos de metanfetamina, 7,7 kilos de heroína, 1 mil 300 kilos de marihuana y 900 gramos de fentanilo” en un túnel clandestino entre Tijuana y San Diego se ha utilizado como el hecho mediático para proyectar la urgencia de esta movilización militar.

Uno de los focos principales de esta operación que reforzará la militarización del Comando Sur en el continente es Venezuela y su anuncio sucede días después de que el Departamento de Justicia acusara, sin pruebas, al presidente Nicolás Maduro y a otros líderes venezolanos de estar al frente de una conspiración “narcoterrorista” para traficar cocaína hacia Estados Unidos con factores de las FARC de Colombia.

En esta dirección, el jefe del Pentágono Mark Esper afirmó: “El régimen ilegítimo de Maduro, en Venezuela, depende de los beneficios que proceden de la droga para mantener su poder opresor”.

El asesor de Seguridad Nacional de Trump, Robert C. O’Brien, también presente en la conferencia de prensa, señaló a Maduro como una “amenaza” para la seguridad nacional de Estados Unidos e indicó que la operación antidroga busca “reducir el apoyo con el que el régimen de Maduro financia sus actividades maliciosas”.

Para agregar un matiz adicional, el fiscal general William Barr expresó: “Los carteles (mexicanos) tienen que ser derrotados en favor de los estadounidenses y del pueblo de México y de Venezuela”.

La maniobra parece ser un ensayo para un bloqueo naval que ya el presidente Nicolás Maduro, en enero del año en curso, alertaba como una posibilidad tras filtrarse públicamente que esa opción estaba en la cabeza de los halcones de la Casa Blanca. Ahora la posibilidad pasa a estar más cerca de concretarse.

El “enfoque coreano” entre maniobras de evasión de una crisis interna

Sin embargo, la narrativa utilizada por Trump y los demás funcionarios civiles y militares presentes no deja de ser borrosa y turbia. Movilizan recursos militares de peso pero cuidándose de que el movimiento sea interpretado monopólicamente como el preludio de una intervención militar.

Podría tratarse, más bien, de una jugada en el tablero geopolítico que persigue objetivos indirectos, más parecido al denominado “enfoque coreano” que también han empleado sin éxito contra Irán: elevar a niveles extremos la presión económica, política y también militar hasta generar la rendición del “enemigo”.

No obstante, contra Venezuela, este enfoque opera con otras complejidades relativamente diferentes a los amagues nucleares contra Corea del Norte (de ahí el nombre del “enfoque”) y las amenazas de guerra abierta contra Irán.

Visto así, no podía ser de otra manera. Washington no tiene las condiciones para lanzar una intervención directa aunque así lo desee y lo necesite. Por ello decide mostrar los dientes y músculo militar y probar vías alternativas de desestabilización que no impliquen enviar a sus soldados a una guerra hasta un país que, según la penosa opinión de Guaidó, “no está preparado para hacer frente al Covid-19”. La realidad le ha brotado en la cara y ni así se da cuenta.

Ayer Rusia envió un avión militar con material sanitario a Estados Unidos, mientras que China, al unísono, también destacó el envío de ayuda humanitaria al país norteamericano, hoy en día el principal foco de contagios del Covid-19 a nivel mundial con más de 160 mil casos y más de 3 mil fallecidos.

La capital Washington D.C. actualmente se encuentra en una situación crítica y el gobierno federal no cuenta con la capacidad sanitaria para contener un brote de Covid-19 que se ha salido de las manos. Incluso el vicepresidente Mike Pence ha declarado que la catastrófica situación de Italia es la que mejor se asemeja a la de Estados Unidos.

Frente a esta situación de colapso y de apertura de relaciones con China y Rusia para atender la pandemia, el gobierno de Trump ha quedado deslegitimado al no ofrecerle ningún tipo de apoyo a una sociedad estadounidense que se ve abandonada y echada a su suerte, lanzando un paquete de “estímulo económico” que beneficia sobre todo al sector corporativo ligado a Wall Street.

El efecto electoral que puede tener esta crisis social generalizada y de confianza en el gobierno es evidente y Trump lo sabe. Por ende, ha buscado en la caja de herramientas y nuevamente hace uso de Venezuela como un factor para evadir la opinión pública del colapso interno.

Trump ha enviado un mensaje adaptado a estas circunstancias: como no puedo protegerte del coronavirus, ni darte atención sanitaria, ni ofrecerte una solución económica en medio de este colapso, pues envío buques militares para frenar la importación de drogas y así “salvarte” de un flagelo que tu propio gobierno ha azuzado durante décadas.

El aspecto cómico, pero igualmente peligroso, de este cálculo es que posicionan a Venezuela como amenaza y factor de importancia del tráfico de drogas que llega a Estados Unidos.

Ahí, justamente, entra en juego el “enfoque Florida” como incentivo electoral: mostrar los dientes, asumir un tono beligerante y lo suficientemente convincente para que la diáspora del estado de Florida, pero también sociedad la estadounidense en general, asocie la destrucción del chavismo con su propia salvación del “flagelo de las drogas” gracias a Trump.

Su campaña electoral en tiempos de coronavirus tiene un eje nodal en Venezuela; urge el trofeo geopolítico del continente para demostrar que ha hecho algo bien, aunque cientos de miles de estadounidenses mueran en medio de la pandemia por su ineptitud.

Este es el tipo de ideas y prioridades trastornadas las que inician guerras y conflictos armados.

Nada es tan nuevo como creemos

Todos los años el jefe del Comando Sur se sienta frente a la Comisión de Servicios Armados para una audiencia donde expone las principales “amenazas” de la región (el narcotráfico y el “terrorismo” son una constante narrativa) y expone los requerimientos técnicos, logísticos y presupuestarios para “combatirlas”.

Desde John Kelly, pasando por Kurt Tidd hasta el actual Craig Faller, el mensaje en el marco de estas audiencias no ha cambiado: se necesitan nuevos recursos militares para mejorar las capacidades del Comando Sur que se han visto melladas por la ausencia de financiamiento, aun cuando para el año fiscal 2020 se hubiera aprobado un presupuesto militar de 738 mil millones de dólares, récord histórico para los Estados Unidos.

El 11 de marzo de este año, la institución militar presentó el plan y los recursos necesarios para la operación antidroga anunciada por Trump. El presidente ahora mantendrá contento a los jefes militares del Pentágono y al complejo industrial-militar en el contexto de una crisis sanitaria que va a requerir que se involucre cada vez más, exponiendo sus propias vidas al tratar de organizar grandes segmentos de la población contagiados sin contar con los insumos básicos sanitarios.

Esta semana se conoció que en un portaaviones nuclear en Guam (el Theodore Roosevelt) hay más de 100 marineros infectados, situación que obligó a su capitán Brett Crozier a solicitar ayuda urgente a la Marina estadounidense para atender los contagios. El impacto de esta noticia indignó al estamento militar y expuso su vulnerabilidad frente al Covid-19 y a las insuficientes medidas tomadas por Trump.

El portaaviones nuclear USS Theodore Roosevelt. Foto: U.S. Navy

Por otro lado, los recursos aprobados parecen insuficientes para un bloqueo naval según la opinión de los expertos del Pentágono, quienes argumentan “que tal operación requeriría enormes cantidades de recursos, probablemente más de lo que la Marina de los Estados Unidos puede proporcionar y, por lo tanto, no es una operación que se pueda llevar a cabo en la actualidad. Sin embargo, como siempre es el caso en la guerra, es igual de importante que la amenaza sea creíble”, refiriéndose a la posibilidad de aplicarlo en la gran extensión de 3 mil 726 kilómetros de costa.

Una nueva hora de la guerra no convencional

Como sabemos, la guerra de Estados Unidos contra Venezuela es una que se desarrolla bajo el umbral de la agresión armada directa, prioriza los instrumentos de terrorismo psicológico y económico y la desestabilización focalizada en los servicios esenciales (electricidad, servicio de agua, etc.) que forman parte de la vida social cotidiana de Venezuela.

La idea central consiste en hacer la guerra sin que se llegue a un evento que la declare oficialmente, es decir, llevar a cabo operaciones militares y de desestabilización encubiertas y utilizando métodos indirectos como la guerra psicológica o irregular.

Como parte de la escalada, entrenaron, financiaron y formaron en Colombia a un ejército mercenario que, dirigido por el desertor Clíver Alcalá, entraría a Venezuela para cristalizar el asesinato de Maduro y tomar el control militar de los centros neurálgicos de poder público.

El Estado venezolano socavó el plan, Clíver delató a los estadounidenses involucrados y Colombia quedó nuevamente dibujada como un cuartel solo comparable a los tiempos aciagos de la guerra sucia y parapolítica de la OTAN y la CIA durante la Operación Gladio.

El plan aprovecharía la soledad en las calles de Venezuela, la reducida movilidad social por la cuarentena ordenada por Maduro y el repliegue relativo de los militares para asestar el golpe definitivo.

Pero aunque el plan falló, los factores que estaban siendo entrenados (mercenarios, paramilitares y desertores de la FANB) siguen activos a resguardo del Estado colombiano.

Posiblemente, los buques, aviones y fuerzas especiales enviadas por Trump podrían aprovechar la entrada por Santa Marta en la fachada caribeña o los puertos del Pacífico colombiano para recomponer el tejido organizativo de la conspiración mercenaria que detuvo a tiempo Venezuela. El objetivo ahora tiene precio y el apoyo de la supuesta misión antidrogas: 15 millones de dólares a quien secuestre o asesine al presidente venezolano.

En esta misma línea de guerra sucia e ilegal, los buques y aviones desplegados podrían venir equipados de instrumentos de guerra electrónica para intentar fabricar un nuevo apagón a gran escala como el del 7 de marzo de 2019, que precipitó una situación de parálisis generalizada en el país durante varios días, afectándolo a mediano plazo.

Tampoco está exenta la posibilidad de que, como lo hizo la incursión ilegal del USS Detroit a principios de este año, los buques tengan como objetivo recolectar inteligencia sensible del país y evaluar opciones para una operación de bandera falsa que establezca un vínculo artificial entre instalaciones militares y el “narcotráfico”, permitiendo justificar una acción militar, o al menos, colocarla en el tablero con el objetivo de aumentar la presión a límites inauditos.

La operación psicológica siempre en el fondo: otro abril de resistencia

Es indudable que entre tantos objetivos posibles, el más evidente de esta nueva operación estadounidense consiste en sacar al chavismo de su foco: proteger a la sociedad del Covid-19, luchar por el quiebre del bloqueo y estabilizar institucionalmente al país. Tres propósitos en los que se han avanzado positivamente.

Con este aumento de presión bajo un esquema de tenaza (la económica y la militar en los opuestos) Washington intenta que el chavismo invierta sus prioridades y pierda capacidad de atención para atender la crisis pandémica.

La guerra no convencional no solo se libra en el tablero militar sino en el psicológico, pues ahí donde se define la disposición al combate, la concentración en los objetivos vitales y la inteligencia estratégica para distribuir los recursos económicos, sociales y de poder en medio de una coyuntura de enfrentamiento “híbrido”. Es el tablero decisivo.

Por ende, se busca generar pánico y atemorización y con ello la desorganización del esquema establecido para hacer frente a la pandemia, lo que incluye el despistaje masivo apoyado en el sistema Patria, la atención alimentaria y sanitaria y las ayudas económicas directas que, ante el mundo, se han convertido en un ejemplo de cómo se gestiona una crisis de estas características partiendo de las redes organizativas del pueblo.

Al menos, en este primer movimiento, pareciera ser ese el efecto que busca precipitar.

Washington ha elegido el mes de abril para potenciar sus agresiones contra Venezuela, eludiendo un cálculo cultural tan básico e importante: el mes de abril ha quedado en el subconsciente colectivo nacional como uno donde el chavismo ha granjeado sus victorias políticas más icónicas: desde el 13 de abril cuando Chávez fue rescatado por el pueblo (civil y militar) en las calles, hasta la resistencia ante las distintas revoluciones de color que han intentado sumir al país indefinidamente en el caos y en la violencia.

Con la propia singularidad de este momento histórico, el chavismo llega a un nuevo abril cargado de complejidades y desafíos pero con una apuesta también heroica: sostener el abastecimiento alimentario y el sistema de salud en medio del bloqueo estadounidense, abrir rutas de diálogo para relajar las presiones en el tablero internacional y neutralizar planes armados que buscan asesinar a los líderes del país fortaleciendo la organización popular.

Las sociedades no solo se componen de sus factores materiales, sino de los mitos que le dan sentido de unidad, cohesión y razón de existencia, y es abril para la sociedad venezolana, como ningún otro mes, el que provee las claves de resistencia a la que estamos recurriendo para hacer encallar nuevos y peligrosos planes de guerra.

Nos han planteado una nueva batalla en el mes que más nos gusta para pelear por la vida, otra vez.

Publicado el 02/04/2020 en Variado. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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