Vuelvo al machete de mi abuelo

Miriela Mijares .

Supe, siendo todavía una niña, que mi abuelo Pepe Mijares tenía un machete detrás de la puerta, por los finales del año 1958. El cuento me lo hizo mi padre y lo creía; pero, aún así, me costaba trabajo comprender que aquel hombre dulce, que apenas hablaba en las reuniones familiares y que asentía sonriente sobre cualquier tema de otros con aquel «Sí caraj»; estuviera preparándose cualquiera sabe para qué cuando le dijeron que lo echarían al camino con su mujer y sus 7 hijos.

La casa de mis abuelos maternos, la que yo conocí desde que vine al mundo, estaba pintada de rosado, tenía un jardín y un patio con una mata de guayabas, las más dulces que pudo haber en el mundo; perros fieles que venían de cualquier parte y se iban solo con la muerte; un tanque de agua para todos los animales, gallinas con sus crías, gallos de todos los tamaños, una casucha, siempre fresca, de madera y guano, para guardar el maiz y el arroz cosechados en familia y al sol, siempre cantando. Pero esa casa de mis recuerdos, no siempre fue así.

Sin tener nada que no viniera del trabajo, de sembrar y recoger con sus propias manos, mi abuelo Pepe levantó su hogar desde un corral de puercos en desuso con la autorización, como «obra de caridad», del dueño de aquellas tierras que ayudaba a cultivar, casi por nada. No le valieron los años de dejar el resuello en los surcos, ni la honradez. «Esta misma semana», contaba papi, «te vas de aquí con todos los tuyos».

No sé por qué me acordé de todo esto ayer. O quizás sí… Fui a la cama con una mezcla de sentimientos que espantan al sueño y repasé muchos de los momentos que he vivido, asimilando caminos de mis viejos, mezclándolos con mis propios pasos.

Desperté y lo primero que me vino a la mente fue aquel hombre que cubrió su encuerez y luego el rostro con la bandera cubana. Imágenes tristes que conducen a tristezas innombrables. Creo que lloré. No sé si puede llamarse llanto a lo que mojó mis mejillas. Pero sí sé por qué lloraba, si lloraba.

Y pensé en los ojos de Abel, todavía tiernos en las manos sin escrúpulos de un asesino. Ojos que no se pueden cubrir ni siquiera con tierra y que miran todavía estos días y mirarán mañana.

Vuelvo al machete de mi abuelo. Escojo una canción. Voy al «frente del mismo acertijo», como todos. ¡Que nadie cante por mí! Me respondo, me confirmo, me reafirmo y canto: «¿Qué estoy haciendo aquí?»…

¡Qué viva Cuba!

(Tomado del perfil de Facebook de la autora)

Publicado el 30/11/2020 en Variado. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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