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Miami, donde ni la muerte se respeta

Ramón Bernal Godoy/Mentiras en la mira

Toda muerte causa un dolor inmenso, más aún si se trata de un ser querido. La muerte de un hijo o un nieto es la peor pena a la que pueda someterse un alma, duele incluso más cuando se trata de un joven con un futuro prominente o simplemente una vida por delante. Como dijo hace más de un siglo el ilustre historiador, político y poeta francés Alphonse de Lamartine:

“A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd”.

Partiendo de lo anterior se deriva que la muerte debe ser tratada con ética, con una alta dosis de moral, de respeto por el dolor ajeno, de neutralidad, nada justifica que la misma se mezcle con politiquería barata o se utilice como punta de lanza para alcanzar objetivos deseados. Los enemigos de la Revolución cubana no conocen de respeto y ética, traspasan con asombrosa normalidad el “punto de no retorno”.

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