Día de los Padres: Los hijos y Eduardo Galeano

 

Por Sofía Reyes (Columnista de Miradas Encontradas)

Si volviera a nacer querría el mismo padre, distraído, chistoso, pero a la vez perfecto. Mi padre se levantaba de noche a darme el biberón, me cambiaba los culeros y me mecía en el sillón, yo me mantenía despierta solo para que él no me pusiera en mi cama y permanecer más tiempo abrazándolo, hasta que por fin el sueño me vencía.

Mi padre me enseñó a montar bicicletas cuando tenía 6 años, no recuerdo cuantas tantas veces me caí, pero el siempre estaba para socorrerme y me cargaba porque yo fingía no poder caminar, solo para que él me sostuviera en sus brazos como una niña pequeña, eso yo lo adoraba.

Padre es una palabra increíble, que significa amigo, compañero, hermano, confidente y eso lo aprendí con mi padre. Dicen que padre es cualquiera y es la mentira más grande que he escuchado porque padre solo es aquel que sabe dar amor y enseñar y regañar al mismo tiempo, padre es el que llega cansado del trabajo pero agarra una pelota para ir a jugar al parque con su hijo o un libro para leerle un cuento de princesas a su hija.

A los lectores de Miradas Encontradas quisiéramos regalarle un relato de Eduardo Galeano titulado Los hijos:

Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de la casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida, a veces le llevaba chocolatines o juguetes.

La madre no estaba aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de la casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinería.

Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.

La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces volví a pedirle:

– Andá, decime.

Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería.

Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.

Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el

 

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